Un chileno en el
Gran Lago Salado
Pedro del Río Zañartu y su visita a Salt Lake City en 1880
Rodolfo A.
Acevedo
2004
Don Pedro del Río Zañartu (1840–1918)
Don Pedro del Río Zañartu (1840–1918)
fue el primer chileno de quien tengamos registro que visitó la ciudad de Salt
Lake City, en el estado de Utah, Estados Unidos, durante el siglo XIX. Fue un
destacado penquista, habitante de la ciudad de Concepción, cuya trayectoria se
extendió entre el siglo XIX y los primeros años del siglo XX.
Don
Pedro del Río Zañartu nació en la ciudad de Concepción el 1° de agosto de 1840
en el hogar de don Pedro José del Río y Cruz y doña Francisca Zañartu y
Trujillo, padres de ascendencia vasca y extremeña, heredando por la línea
materna la encomienda que un día le perteneciera a don Pedro de Valdivia,
llamada Hualpén, cuyo significado es “Veo Alrededor”[1].
La
segunda mitad del fundo Hualpén, que comprende lo que se conoce como “Hualpencillo” y “Hualpén Alto” –dentro del cual se halla el parque-
fue heredada por doña Francisca Zañartu Trujillo, la madre del filántropo”[2].
Dueño
del Fundo Hualpén, que guarda el actual museo que legara a la ciudad de
Concepción un año antes de su muerte en 1917, se ha señalado que “el supremo
acto de filantropía que ha mantenido vivo el recuerdo del vecino ilustre que
fue don Pedro del Río Zañartu consistió en la donación a la ciudad del fundo
“Hualpén” en toda su extensión, “con sus bosques, cierros, casas i todo lo que
contiene”[3] con el propósito de perpetuar el nombre de su padre y el suyo propio.
En
su testamento definitivo, otorgado el 8 de noviembre de 1917, don Pedro del Río
lega su fundo de Hualpén a la ciudad de Concepción…”Poseo desde hace muchos
años el fundo Hualpén, en el Departamento de Talcahuano, que en parte heredé de
mi madre doña Francisca Zañartu Trujillo y que casi desde la conquista ha
pertenecido a mis familias Santa María, Zañartu y Del Río. Por su situación a
orillas del mar en la desembocadura misma del Bío Bío, por su terreno
accidentado sembrado de bosques naturales, es éste uno de los paisajes más
pintorescos del mundo, y sin duda alguna, el
más bello de los alrededores de Concepción…Allí resido desde hace largos
años, allí he pasado mis días más felices y soportado las mayores desgracias de
la vida. Me ligan tantos recuerdos a este fundo que quiero que sus campos, las
casas donde he vivido tantos años y todo lo que contiene, menaje, pinturas,
museo, colecciones de monedas, continúen siempre proporcionando estos ratos de
placer a los visitantes y sean con el tiempo el paseo favorito de la ciudad de
Concepción.
Lego,
pues, a la ciudad de Concepción, o sea a la entidad jurídica que la represente,
mi fundo Hualpén, con sus bosques, cierros, casas y todo lo que contiene, y
para perpetuar el nombre de mi padre y el mío propio, se llamará desde mi
muerte “Parque Pedro del Río Zañartu”[4].
“Mucho
tenía de Del Río don Pedro en la dulzura y claridad de su mirada y en su
talante de gran señor, pero en la resolución y energía de su carácter –sostiene
Oliver Schneider – rezumaba lo Zañartu”; así, al explicar algún gesto brusco de
su parte, solía repetir su consabida frase “y entonces se me salió lo Zañartu
y…”[5] Pero de la madre también heredó la fe, su piedad de católico “poco
practicante” según se declaraba”.[6]
Su
padre había sido un gran patriota que había participado en el sitio de Chillán
y durante la Reconquista española había sido hecho prisionero siendo liberado
en 1817 por las fuerzas patriotas, tras haber pasado gran parte de su
cautiverio en la isla Quiriquina.
“De
la infancia de don Pedro fueron testigos los bosques de Hualpén, que aprendió a
amar intensamente y las calles del Concepción de mediados del siglo XIX…crióse
el lozano niño bajo los selváticos pataguales de Hualpén, a orillas del
majestuoso Bío Bío, que así riega la planta de erguidos robles, como nutre la
vitalidad de quienes de sus aguas beben de altos pensamientos y empinadas
voluntades”, escribía en su peculiar estilo, don Benjamín Vicuña Mackenna,
prologando las primeras crónicas de viaje de don Pedro del Río”.[7]
En su infancia y juventud estudió en
Concepción y Valparaíso. Así, un día de 1850 abandonó los bosques de Hualpén,
“con un sinnúmero de recomendaciones, dada su corta edad”, e ingresó al colegio
de los educacionistas ingleses Goldfinch y Bluhm, donde se formaron —al decir
de Oliver Schneider— gran parte de las generaciones porteñas del siglo XIX.
Sobre
aquellos años en Valparaíso, cuenta Vicuña Mackenna, en el prólogo tantas veces
citado: “…sus condiscípulos le recuerdan más como un gladiador que como un
camarada, siempre el primero en acometer, pero siempre generoso, franco, leal,
impetuoso hasta la temeridad i por lo mismo sensible al dolor o a la miseria
ajena, i pronto a remediarla”.
Por otro lado, volcó su sensibilidad
artística en la pintura, siendo alumno del pintor Somerscales en Valparaíso.
La mala salud de su padre y su
posterior muerte lo llevaron de regreso a su natal Concepción, donde inició su
exitosa actividad profesional en los ámbitos agrícola, comercial e industrial.
Esta actividad lo convertiría en un “empresario y progresista” en áreas tan
diversas como la explotación agrícola, la instalación de saladurías, flotillas
de naves mercantes, empresas de caza de ballenas, refinerías, expendio de
cereales, cría de ganado, viñedos y propiedades.
La tragedia familiar y el viaje de 1880
Sin
embargo, en medio de esta actividad se produce una tragedia en la vida de don
Pedro del Río Zañartu, en la muerte de su esposa doña Ana Rosa Serrano y la de
sus dos hijos en forma casi simultánea, tragedia que lo llevaría a recorrer los
“cinco continentes, en busca de consuelo”[8], entre los años 1880 y 1882.
“Del matrimonio Del Río Serrano habrían de nacer dos hijos: Ana Rosa, el 7 de marzo de 1876, y Pedro, dos años después. Pocos años duraría la felicidad de la joven pareja. La difteria, que asolaba a la zona en aquellos días, dio muerte, en forma simultánea, a la esposa y a los herederos del señor de Hualpén: 1l, 18, 19 y 20 de febrero de 1880 fueron muriendo uno tras otro, doña Ana Rosa, su hija homónima y Pedro. La tradición penquista cuenta que, mientras llevaba uno al cementerio, el otro fallecía en su hogar.
Un apunte biográfico, redactado pocos años después, relata así la tragedia:
“Arreglados sus negocios, quiso Pedro del Río
procurar a su angelical esposa…, constante compañera de sus inquietudes, y a
sus dos preciosos hijos, delicias de ese hogar, algunos días de distracción y
de descanso en medio de los suyos, y a este efecto la trasladó, en los primeros
días de febrero de 1880 a Talcahuano, donde a la sazón se encontraba su señora
madre doña Francisca Zañartu del Río”.
“Y allí, en aquellas horas concedidas por la
primera vez a blando reposo, sobrevínole horrible catástrofe que en el tiempo
de su consumación humedeció todos los ojos y conmovió todos los corazones que
viven dentro del hogar y para el hogar. Una mañana, en pocas horas, su hermosa
compañera, en toda la plenitud de la vida y de la felicidad, sintióse atacada
de mortal congoja y, asida de sus dos tiernos hijos, voló al cielo”[9].
Impactado por la inesperada tragedia, don Pedro cayó en una
profunda depresión que lo llevó al borde del suicidio. En la casona vacía y
silenciosa, cada rincón le recordaba a su familia perdida. Buscando mitigar su
inmensa pena y evitar sucumbir al dolor, se lanzó a recorrer el mundo por
primera vez.
“Sintiendo su propio suelo como estrecho a su
dolor punzante y perenne,…viudo de toda humana dicha, tomaba en Valparaíso, el
7 de julio de 1880, el primer vapor que zarpaba en dirección al norte…”[10]
“Buscando algún alivio para su pena infinita,
emprendió el benefactor su primer viaje. El 7 de julio de 1880, acompañado de
Emiliano Fuentes Ríos, joven abogado y sobrino suyo…a bordo del “Coquimbo”,
dejaba la rada de Valparaíso para dirigirse rumbo al norte. Viaje que lo
llevaría a visitar la ciudad mormona de Lago Salado el medio oeste americano y
de las Montañas Rocosas.
Tras recorrer la costa chilena hasta Arica, a
donde llega algunos días después de la toma del Morro, debe volver al sur. “En
Arica, el capitán del vapor, habiéndome repetido por la centésima vez que los
peruanos nos sacarían de a bordo en Chimbote, y rehusándonos el pedido de armar
doce hombres de la tripulación con los rifles que tenía para hacernos fuertes,
resolvimos volvernos a tomar la vía del Estrecho”[11].
Así,
muy luego lo encontramos entre los canales del sur, describiéndonos el hermoso
y agreste paisaje que se abre ante sus ojos. Punta Arenas, comenta, cuenta
“como con mil habitantes, entre estos bastantes extranjeros”; los fueguinos, en
tanto, de diez mil”.[12]
Después de conocer Montevideo, los
penquistas se dirigieron a la capital argentina. Mientras su sobrino
descansaba, don Pedro, infatigable, realizó algunas excursiones al interior,
tras lo cual ambos se dirigieron a Brasil. Una vez allí, recorrió Petrópolis,
Pernambuco y Río de Janeiro, maravillándose con la riqueza y variedad de la
flora y fauna tropical, que veía por primera vez. Luego de navegar por el
Amazonas, abordó un vapor rumbo a Martinica, acompañado siempre por su sobrino
Emiliano.
Octubre
los sorprende entrando a la Bahía de Nueva York, tras una navegación que el
calor hiciese larga y penosa. En la gran metrópolis de la costa Este tiene
ocasión de admirar el rápido progreso de la joven república, que le provoca
elogiosos comentarios.
Desde allí continuó su viaje por la costa: Filadelfia, Baltimore, Washington y Boston desfilaron ante sus ojos, junto a un sinnúmero de localidades más pequeñas. Con el otoño boreal se dirigió a Canadá; allí conoció Montreal, Toronto y otras ciudades situadas a orillas del lago Ontario. Luego retornó a Estados Unidos por la vía del Niágara, adonde llegó en coche. Buffalo y Chicago quedaron atrás mientras avanzaba hacia el oeste y las Montañas Rocosas, con California como destino final en Norteamérica.
“La noche fue espléndida, todo nevado, el tren despacio: la luna brillantísima; yo no pude dormir, y, acostado, por la vidriera, veo esa inmensidad nevada que me parecía un sudario; a veces trepábamos cordilleras, pasando profundas quebradas y correntosos arroyos”. Pedro del Río Zañartu.
Para
llegar allá debe atravesar previamente el medio Oeste Omaha, Saint Louis y
Kansas City van quedando rápidamente atrás, a bordo del ferrocarril, que ya
entonces unía ambas costas del país del Norte. En esta última ciudad escribía:
“Los bichos de todas clases y formas no me
dejaron pegar los ojos, principalmente los de cabeza negra, que llegaban a cada
momento borrachos como cuero, cantando, bailando o llorando; pero ¿qué otra
cosa se puede esperar si ya estamos entre los ‘rudos del Lejano Oeste’?[13]
Desde allí se dirigió a Salt Lake City
—capital del territorio de Utah, aún no incorporado como estado a la Unión—,
sede del llamado Estado mormón, que tenía gran interés en conocer. Una vez
allí, describió con detalle la arquitectura mormona, así como su origen y sus
doctrinas; asistió a sus ceremonias y conversó con los fieles. Por entonces —y
hasta 1890— se practicaba la poligamia, asunto que, como tantas otras cosas,
despertó la curiosidad del filántropo.
Pero
nada lo detiene por mucho tiempo y pronto vuelve a emprender la marcha. Reno,
Sacramento y finalmente, California. De esta manera, don Pedro del Río
contempla la región que, años atrás y mientras duró la fiebre del oro, fue el
principal destino de su actividad exportadora[14]
Pero detengámonos ahora en su breve paso por Salt Lake City y conozcamos sus interesantes comentarios que cobran especial relevancia ahora que recientemente se ha anunciado la construcción de un templo mormón en la ciudad natal de don Pedro del Río Zañartu.
“Después de una noche bien fría arribamos a las 9 de la mañana a Ogden, hallándome algunas horas más tarde en la sagrada ciudad de los Mormones:
“Salt Lake City” o
ciudad del Lago Salado”. Pedro del Río
Zañartu.
Ogden
en 1874
Ogden: antesala de Salt Lake City
La ciudad de Ogden recibió su nombre del explorador y trampero Peter Skene Ogden y llegó a convertirse en la ciudad más grande del condado de Weber. Antes de ello, otro trampero, Miles Goodyear, había establecido el Fuerte Buenaventura en el lugar que hoy ocupa Ogden. Este asentamiento es considerado uno de los primeros establecimientos permanentes de personas de ascendencia europea en la región que actualmente corresponde a Utah. El Fuerte Buenaventura original se encontraba aproximadamente a una milla al oeste del actual centro de la ciudad de Ogden.
“Desde
el comienzo, los líderes mormones vieron el Valle del Lago Salado solo como el
punto inicial de establecimiento en la Gran Cuenca. Una vez establecida allí
una cabeza de puente, comenzaría la colonización de cada parte habitable de la
región. Durante el primer invierno en el valle (1847-1848), decidieron gastar
casi dos mil dólares de la paga del Batallón Mormón para comprar al único
colono blanco de la región, el trampero Miles Goodyear, quien reclamaba la
propiedad de grandes extensiones del valle de Weber, donde hoy se encuentra
Ogden, Utah”.[15]
En noviembre de 1847, el Fuerte Buenaventura fue comprado por colonos mormones por 1.950 dólares. El asentamiento fue llamado entonces Brownsville y, más tarde, Ogden, en honor a Peter Skene Ogden, de la Hudson’s Bay Company, quien había recorrido el valle del Weber una generación antes. El sitio del antiguo Fuerte Buenaventura es hoy un parque del condado de Weber.
El capitán James Brown visitó el fuerte
en agosto de 1847 mientras dirigía, por asignación de Brigham Young, a un grupo
de hombres del Batallón Mormón que viajaron a California para obtener el dinero
que se les adeudaba por su servicio durante la guerra con México.
El sumo consejo de la Iglesia en Salt
Lake City votó permitir a Brown utilizar el dinero que había traído de
California para comprar la propiedad de Goodyear y prepararla para el uso de
los Santos de los Últimos Días que vivían en el área.
Al lado del templo se encontraba una
pequeña cabaña de troncos —considerada una de las casas más antiguas del oeste
montañoso— que había sido el hogar de Miles Goodyear.
Para asegurar el éxito y crecimiento de
los asentamientos en el condado de Weber, en 1850 Brigham Young eligió a Lorin
Farr para hacerse cargo de los asuntos de la zona. A principios de 1851, la
colonia recibió su carta del territorio de Deseret y pasó a ser oficialmente la
ciudad de Ogden.
La llegada del ferrocarril
transcontinental y la transformación de Ogden en un importante centro
ferroviario incrementaron la relevancia del condado de Weber en lo que llegaría
a ser el estado de Utah. Véase: “Weber Pioneers” [“Pioneros de Weber”], Church
News [Noticias de la Iglesia], 22 de julio de 2006, p. 3, sobre la historia de
la zona.
Ogden es la ciudad de tamaño
considerable más cercana al lugar del Clavo de Oro, en la Cumbre de Promontory,
Utah, donde se unió el primer ferrocarril transcontinental en 1869. Debido a su
ubicación en las principales rutas de este a oeste y de norte a sur, Ogden
llegó a ser un importante nudo ferroviario de pasajeros. Quienes viajaban por
tren desde el este de Estados Unidos hacia San Francisco solían pasar por
Ogden.
En 1972, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
concluyó la construcción y dedicó el Templo de Ogden, Utah, destinado a servir
a la numerosa población de Santos de los Últimos Días de la zona.
Por haber sido históricamente una de las ciudades más grandes de Utah,
Ogden conserva numerosos edificios históricos. Con el crecimiento de los
suburbios de Salt Lake City y de Provo, su posición relativa en población fue
cambiando durante el siglo XX.
El Depósito de Defensa de Ogden, Utah, funcionó entre 1941 y 1997 en
el sector norte de la ciudad. Parte de sus antiguos terrenos fue posteriormente
convertida en un parque comercial e industrial conocido como Parque Empresarial
de Ogden.
Tras la huella de don Pedro del Río Zañartu en el estado de Utah
En 1986 tuve la oportunidad y la
bendición de viajar por primera vez a Salt Lake City, en el estado de Utah. El
viaje fue largo, durante toda la noche, mientras una pantalla iba señalando los
lugares por donde pasaba el avión. A ratos me quedaba dormido y, al despertar,
volvía a observar la ruta que nos acercaba cada vez más a Estados Unidos.
Veíamos relámpagos bajo nosotros y lo que parecían ser luces de barcos en medio
del inmenso océano. Arribamos al amanecer a Miami, donde permanecimos algunas
horas esperando la conexión que nos llevaría a Salt Lake City. Como disponíamos
de tiempo, aprovechamos de salir del aeropuerto y visitar algunos lugares de
aquella hermosa ciudad que había sido nuestra puerta de entrada a Estados
Unidos.
Fue impresionante para mí ver personas
de las más diversas nacionalidades caminando por el inmenso aeropuerto, todas
con destinos diferentes y muchas de ellas, como nosotros, llegando por primera
vez en su vida a Estados Unidos.
El vuelo desde Miami a Salt Lake City,
con escala en Atlanta, fue largo. Bajo las alas del avión se dibujaban los
paisajes norteamericanos con sus ríos, montañas, valles y soledades desérticas.
Todas aquellas bellezas de la naturaleza estaban bajo nuestros pies y nosotros
las contemplábamos asombrados desde la ventanilla. Era como un milagro estar
allí, en medio de los cielos y tan lejos de Chile.
Sobre las montañas de Utah
De pronto, el territorio se volvía árido y pedregoso mientras miraba desde la ventanilla del avión. Aparecían altas montañas: ya nos acercábamos a la Ciudad del Lago Salado, la ciudad edificada por la fe de los pioneros y sede de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, o Iglesia mormona, como comúnmente se la conocía en Chile. De su historia hay mucho que decir, pero mientras tanto son las Montañas Rocosas las que me hablan y me hacen recordar lo aprendido de los primeros misioneros mormones que nos enseñaron en el puerto de San Antonio en 1968: los élderes Robert Schallock y Steven Cherry, ambos de California. Son las mismas montañas por donde pasaron los pioneros con sus carretas y carros de mano, las mismas que me sorprenden e inspiran mientras las contemplo desde las alturas.
Recuerdo que arribamos a Lago Salado al
atardecer del 30 de septiembre. Allí, en el aeropuerto de Salt Lake City, nos
esperaban Dorothy Wight, de Murdock Travel, y el presidente Strong y su esposa,
quienes recién habían terminado su misión en Chile presidiendo el Templo de
Santiago.
Nuestro primer arribo a Salt Lake City
se ha convertido, con el paso de los años, en un momento mágico para mí.
Aquella tarde, después de saludar y abrazar a nuestros amigos que estaban en el
aeropuerto, nos fuimos con Dorothy a su hogar en Bountiful, un hermoso lugar al
norte de Salt Lake City. Quedamos de acuerdo con el presidente y la hermana
Strong para compartir posteriormente un día con ellos en su hogar.
Era como un sueño cumplido cuando
viajábamos desde el aeropuerto hasta la casa de Dorothy, mirando las amplias
calles, escuchando música country en la radio del automóvil y observando los
edificios y las casas que, para mi impresión, aún conservaban algo del estilo
de los pueblos del antiguo Oeste en su trazado y forma. Estábamos en Salt Lake
City, y nuestra presencia allí se manifestaba en alegría, agradecimiento y en
el profundo deseo de compartir aquella nueva experiencia con nuestra querida
familia que había quedado en Chile.
A la mañana siguiente de nuestro arribo
visitamos las oficinas de Murdock Travel, la agencia de viajes que atendía los
traslados de los misioneros y de las autoridades por aquellos días. Allí nos
encontramos con nuestro hermano Conrad H. Burgoyne, quien nos manifestó su
aprecio y cariño hacia nuestra familia de una manera muy especial. De aquellos
días de Murdock Travel recuerdo también a Dennis Macbeth y sus móviles de
aviones hechos con latas de bebidas, que fueron toda una novedad para mí y
adornaban su oficina. Fue tal mi impresión con aquellas latas de colores
fuertes que traje algunas para nuestros hijos, para que las usaran como
portalápices. También recuerdo a Jimmie Dufala.
En nuestro segundo día en la Ciudad del
Lago Salado visitamos la Manzana del Templo y recorrimos algunas calles de la
ciudad, especialmente las de su casco histórico.
Monumento a Brigham Young / marcador del meridiano
Marcador de la
base y del meridiano del Gran Lago Salado.
En la intersección de la calle Principal y la calle Templo Sur se colocó, en 1847, una placa para definir los límites de la Manzana del Templo. La placa también sirve como punto de origen para el sistema de numeración de las calles de Salt Lake City.
La ciudad de Salt Lake fue fundada el 24 de julio de 1847 por un grupo de pioneros mormones. (Mormones es el nombre con que comúnmente se conocía a los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, debido al Libro de Mormón). Los pioneros, guiados por Brigham Young, fueron los primeros habitantes no indígenas en establecerse permanentemente en el valle del Lago Salado. El grupo fundador estaba compuesto por 148 personas: 143 hombres, tres mujeres y dos niños. Los mormones llegaron al valle en busca de una región donde pudieran practicar su religión libres de interferencia exterior. Cuando Brigham Young vio por primera vez el valle, declaró: “Este es el lugar”.
Un autor chileno, don Arturo Aldunate Philip magistralmente dejó registrado en una de sus obras este momento histórico que marcó un hito importante para la historia de los Santos de los Últimos Días:
“Este es el lugar”, había dicho hacía cerca de 100 años Brigham Young,
al asomarse desde lo alto de las colinas que cerraban el Cañón de la Emigración
y a cuyas faldas se extendía el valle del Lago Salado,
Sí, allí reconstruirían sus vidas; y en ese fértil valle junto al
espejo de plata del gran lago, las columnas cansadas hicieron el alto
definitivo.
"Eran los mormones, los más audaces de los "pioneros"
que, deseosos de crear su mundo nuevo, de mantener el culto libre de sus
creencias, de arrancar a la tierra los materiales para construir sus hogares,
habían dejado desierta allá muy lejos, al otro lado del Mississippi, su primera
ciudad, Nauvoo, en busca de esta aventura fantástica.
Más de 500 carretas con toda la vida del grupo humano, mujeres, niños
y ancianos, con todo el mundo que habían formado a su alrededor, animales,
utensilios, armas y herramientas, se internaron en los campos de Iowa, cruzando
el Missouri, a través de zonas salvajes y desiertas, hostigados por la amenaza
permanente de los indios que no querían intrusos en sus territorios.
La guerra, las enfermedades, las privaciones, los interminables
esfuerzos, habían despedazado la caravana pero sin lograr disminuir en un ápice
la fuerza espiritual que la guiaba.
Muchos habían quedado en el camino, especialmente los hombres habían jalonado la ruta con sus cadáveres; pero ahí estaban por fin, frente a un nuevo mundo por construir".[16]
Algunos
días después de su arribo, los pioneros trazaron los planos de la Ciudad del
Gran Lago Salado, llamada así por el gran lago salino que dominaba el desierto
hacia el oeste. A partir del centro de la ciudad, en la actual Manzana del
Templo, se diseñaron manzanas de diez acres separadas por calles de 132 pies de
ancho, lo bastante amplias para que una yunta de cuatro bueyes y un carro
cubierto pudieran girar.
La promesa de suficientes cosechas
para 1848 trajo más emigrantes al valle. Pero una tardía helada, una sequía, y
una plaga de langostas casi destruyeron las cosechas. Bandadas de gaviotas
consumieron las langostas, y una gran parte de la cosecha fue salvada como para
permitir que los colonos sobrevivieran al invierno de 1848-49. En
agradecimiento, la gaviota fue designada posteriormente como el pájaro oficial
del estado y un monumento a ella se alza en la Manzana del Templo justo al
frente del Assembly Hall.
Muchos de los pioneros eran
conversos europeos al Mormonismo. Durante la década que siguió, ellos trajeron
su cultura, idiomas y destrezas para convertir a Salt Lake City en un centro
cosmopolita.
Cuando los mormones llegaron por
primera vez al valle, la región era parte de México. Un tratado firmado en 1848
la cedió a los Estados Unidos, y en 1850, el “Estado de Deseret” llegó a ser el
Territorio de Utah. (Deseret significa abeja obrera, un símbolo de
industriosidad; Utah fue llamado así por la tribu de los indios Utes que
habitaban esa región montañosa).
La
construcción del Templo de Salt Lake comenzó en 1853, pero la piedra de
coronación de esta magnífica estructura no fue colocada hasta 1892. Las obras
fueron interrumpidas en 1857, cuando las tropas federales marcharon hacia el
valle durante la Guerra de Utah. El templo fue construido con bloques de
granito que, antes de la llegada del ramal ferroviario hasta el cañón
Cottonwood, debían ser transportados individualmente en carromatos tirados por
bueyes desde el cañón hasta el sitio de construcción.
La
fiebre del oro de California llevó a numerosos emigrantes a pasar por la Ciudad
del Gran Lago Salado. Soldados fueron estacionados allí durante la década de
1850 y la Guerra Civil. El comercio generado por estas estadías trajo a los
mormones un grado de prosperidad, aún cuando la agricultura continuó siendo el
pilar principal.
En 1869 se completó el ferrocarril transcontinental mediante la unión de las líneas en la Cumbre de Promontory, cerca de Ogden, unas cuarenta millas al norte de Salt Lake City, ceremonia simbolizada por el célebre Clavo de Oro. Utah quedó así conectado con el Este y el Oeste. Muchas personas viajaron por ferrocarril para conocer la “Ciudad de los Santos”; algunas permanecieron allí y buscaron hacer fortuna en la minería. Entre las décadas de 1860 y 1920 se abrieron cientos de minas de cobre y plata en los cañones cercanos, incluida la mina del Cañón de Bingham. Posteriormente se construyeron grandes fundiciones para refinar el mineral, y algunos propietarios mineros levantaron elegantes residencias a lo largo de la calle Templo Sur, conocida también como calle Brigham.
La siguiente es la descripción que hizo don Pedro del Río de la Ciudad del Lago Salado y sus alrededores:
“La ciudad del Lago Salado, capital del territorio del
Utah, se encuentra admirablemente situada en medio de un grande y feracísimo
valle, teniendo el gran lago a corta distancia, y rodeada a lo lejos y por
todos lados de altas cordilleras y picos coronados de perpetua nieve.
Las calles son hermosísimas, de cuarenta y
cinco metros de ancho y las veredas de diez, bordeadas de repletas acequias de
agua que riegan frondosos árboles; cada manzana tiene cerca de dos cuadras, de
manera que los sitios son dobles, con jardines, arboledas y hortalizas, por lo
que en conjunto más parecen casas-quintas.
“Se divide en
numerosos distritos, habiendo en cada uno de ellos una espaciosa plaza. Las
casas son buenas, aseadas y de un piso, generalmente con varias puertas o
entradas para las diversas esposas con sus familias. En un costado de la ciudad
se hallan dos extensiones grandes de terreno amurallado y en la calle que media
entre ambas a la entrada, una enorme águila de piedra con alas desplegadas,
como protegiendo a los hijos del desierto en sus novísimas doctrinas”
La posición geográfica de la Ciudad del Lago Salado es similar a la de
Santiago de Chile, con sus montañas nevadas y el valle a sus pies. La
fotografía incluida en el libro que relata los viajes de don Pedro del Río
Zañartu, publicado en 1902, constituye un fiel reflejo de lo expresado:
Estados Unidos.
–Ciudad del Lago Salado
El
diezmo y el almacenamiento de grano
Don Pedro del Río, en sus memorias de viaje, habla también de “bodegas y depósitos de granos”, que reflejan la laboriosidad de los Santos y la costumbre de mantener reservas alimenticias para tiempos de escasez y para ir en socorro de los más necesitados. Asimismo, relaciona esta práctica con la fidelidad en el pago de los diezmos.
“En uno de estos terrenos están las bodegas y depósitos de granos, etc., donde guardan el diez por ciento de los productos que los fieles pagan a la Iglesia, y aunque esto es voluntario, lo entregan casi todos”.
El
almacenamiento de grano entre los Santos de los Últimos Días recibió un impulso
especial durante la presidencia de Brigham Young en 1876, cuando se encomendó a
las mujeres de la Iglesia una misión particular en esta labor.
“Por varios
años los hermanos habían sido aconsejados para ahorrar y almacenar grano para
los días de necesidad. Se les había dicho a ellos que en esta región aislada el
grano era de más trascendencia aún que el oro y la plata. Pero cada año ellos
habían dejado el asunto de lado, sin duda sintiendo la necesidad en este nuevo
país en desarrollo de cualquier dinero que pudieran conseguir por la venta de
excedentes de granos y otros productos.
“A fines de
septiembre de 1876, el Presidente Young envió por la Sra. Emmeline B. Wells
para que viniera a su oficina ya que él tenía algo de importancia para tratar
con ella. Cuando ella llegó le dijo que deseaba que las mujeres de Sión
reunieran y almacenaran grano para los tiempos de necesidad o hambre, y que él
deseaba que ella se involucrara en el movimiento. Él le habló de sequía,
fracasos en las cosechas y las cuotas que a menudo eran tomadas por los
saltamontes, y enfatizó el hecho de que el trigo debía ser mantenido como una
reserva y en constante protección”[17]
La
hermana Wells fue editora asociada de El Exponente de la Mujer y escribió una
serie de artículos para animar a las mujeres de la Iglesia a colaborar en la
recolección de trigo para su almacenamiento. Las mujeres de distintas
localidades cooperaron en este gran esfuerzo.
La hermana Wells llegó a ser la quinta
presidenta general de la Sociedad de Socorro, y ella consideró su asignación
para guiar a las hermanas en el almacenamiento de trigo como una de las más
importantes tareas en su vida.
Durante 1877, las mujeres de la Iglesia fueron
responsables de reunir 10.465 medidas de trigo de aproximadamente 35,2 litros
cada una. Para fines del año siguiente habían reunido más de 25.000 medidas
para ser almacenadas”.[18]
Casas
y edificios de la ciudad
Tan solo tres años después del inicio de la gran tarea de recolección de trigo llegó don Pedro a Salt Lake City; de allí su mención a las bodegas y al almacenamiento de grano. Luego, en su relato, pasó a mencionar edificios que también visitamos por primera vez en 1986, como la Casa del León, hoy convertida en restaurante, donde en más de una ocasión fuimos a comer, y la Casa de la Colmena, actualmente museo que recrea la vida en aquel histórico hogar y que también tuvimos la oportunidad de visitar.
Dice don Pedro:
“También existen otros extensos edificios de alto como
el del León, de la Abeja, etc.; donde Brigham Young guardaba sus veinte o más
mujeres, y donde aún viven algunas de sus viudas y familias; y al lado hay una
hermosa casa-quinta, el “Palacio de Amelia”, que le regaló a su esposa
favorita. En el otro local, al frente, una preciosa capilla o templo de piedra
tallada con varias torres y capacidad para cuatro mil personas; el interior es
bonito y entre sus numerosas pinturas se ven seis grandes cuadros de los que ya
han construido en otros pueblos del interior.[19]
La Casa Gardo, también
conocida como Palacio de Amelia, fue considerada una de las residencias más
hermosas entre Chicago y la costa Oeste.
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Vista de la Casa Gardo
desde el noreste, en la década de 1870, aún en construcción. Se observan
andamios en la torre y ventanas sin marcos. La cerca de madera fue
reemplazada más tarde por una de hierro forjado. |
La casa tuvo sus comienzos durante los últimos años de vida de Brigham Young, presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, quien percibió la necesidad de contar con un lugar donde pudiera recibir visitas oficiales y atender a dignatarios que viajaban grandes distancias para verlo. Seleccionó un sitio en la esquina inmediatamente al sur de la Casa de la Colmena y comenzó su construcción en 1873.
Palacio de Amelia, Salt
Lake City, Utah.
La Casa de la Colmena
Se ha señalado que una de las motivaciones que llevaron a don Pedro
del Río Zañartu a Lago Salado fue la práctica de la poligamia entre sus
habitantes. Da testimonio de ese interés el párrafo anterior, en el cual
también se describe otro edificio importante de la Manzana del Templo: el Salón
de Asambleas.
El autor frente al
Salón de Asambleas y al Monumento a la Gaviota.
Don Pedro confunde el Salón de
Asambleas con un templo, pero en realidad este era un centro de reuniones. El
verdadero templo —el que hoy se conoce en todo el mundo como el Templo de Lago
Salado y constituye un símbolo del mormonismo— se encontraba entonces en sus
etapas finales de construcción, tal como lo refleja la fotografía de 1893
incluida más abajo, tomada trece años después de la visita de don Pedro.
Templo de Lago Salado, 1893.
“Confieso
que visité este templo (el Salón de Asambleas) lleno de curiosidad y tan pronto
como vi entrar a los fieles, me confundí con ellos. Fue llenándose hasta
contener una concurrencia enorme: mientras tanto tuve ocasión de observar y
conversar con algunos tipos que me llamaron la atención; por último, tomé un
excelente asiento cerca de las altas dignidades, desde donde vi y oí todo.
Principió la ceremonia a la una de la tarde y concluyó a las cuatro. Esta
numerosa concurrencia se componía, como es natural, de los principales vecinos
y sus lujosas señoras con ricos atuendos, y de gente llana, pero también
decentemente vestida. Lo que más me sorprendió fue no hallar en la mayor parte
de los semblantes el aire o expresión de hipocresía que esperaba, sino de
convicción y fe. Es verdad que en la gente más baja noté mucha variedad de
tipos y nacionalidades, y una buena parte con fisonomías y expresiones
estúpidas. La atención, orden y silencio que reinó fue admirable.
A
cada lado del órgano había algunos violines y otros instrumentos que formaban
la orquesta y treinta niñas jóvenes y otros tantos hombres que cantaban los
sagrados himnos, siendo el conjunto bastante agradable.
Luego don Pedro pasa a describir la
reunión misma a la cual asistió y a las
autoridades presentes, mencionando al Presidente John Taylor, y a su consejero
el élder George Q. Cannon. También señala la participación de los presentes de
la Santa Cena, con la cual renuevan los Santos cada domingo los convenios que
hicieron al bautizarse en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos
Días.
“En la primera plataforma
estaban el presidente Thaylor y dos de los Santos más venerables; en la segunda
seis obispos, todos ancianos de barba larga y blanca; en la tercera, otros seis
obispos de menos edad; en la cuarta o piso, los seis más jóvenes y el resto del
clero sentado al frente de una larga mesa. Sobre esta había en línea doce
vasos, seis grandes jarros y seis canastos; todo de plata hermosamente
cincelada y a los lados dos grandes candelabros de plaqué. Primero entonaron
himnos y enseguida el Presidente recitó una oración, a la que los obispos
contestaron, Amén. Después los seis de
más abajo cortaron pan fresco en pequeños trozos, llenaron los canastos y los
pasaron a los fieles de lo cual todos participaron, y se llenaron los vasos de
agua, bebiendo cada uno un sorbo; cuando llegó mi turno, lo pasé a los vecinos,
por no parecerme propio tomar yo nada; me miraron con extrañeza, pero nada
dijeron. Un obispo tomo la palabra para decir que venía a dar cuenta a sus
hermanos y hermanas de la comisión que le habían encomendado hacia dos años
para convertir y traer prosélitos de todo el mundo a la ciudad Santa; se
extendió mucho dando datos interesantes sobre los trabajos de propaganda de los
trescientos misioneros que tienen repartido con este objeto.
En
seguida, después de varios himnos, tomó la palabra uno de los Santos, el
reverendo Cannon, que se hallaba al lado del Presidente, hombre vigoroso aún,
de buena presencia, expresándose por más de una hora con palabra fácil,
convencida y elocuente. Ha sido elegido este año por Utah para el Senado de
Estados Unidos. Se extendió sobre las Escrituras, las revelaciones de Smith,
los milagros, la fe, etc.
Presidencia de la Iglesia
Sin
duda que para quienes visitan la ciudad de Lago Salado, la atracción principal
lo constituye el famoso templo de Lago Salado, el cual aún cuando por aquellos
días no estaba terminado no dejó de impresionar a nuestro chileno viajero:
“El gran templo de Sión no está aún terminado, es muy grande e
imponente, de sólido granito vetado con negro; hace veintisiete años que se
construye y costará diez millones de dólares, había centenares de artesanos
canteando piedra y ocupados en levantar las elevadas torres. En una entrada se
lee esta inscripción: ‘Santidad al Señor de los Santos de los Últimos Días’; y
en otra: ‘Alfa y Omega’”.
1882
Hasta nuestros días no deja de llamar la atención del viajero otro
singular edificio que se encuentra al lado del Templo de Lago Salado y que se
llama el “Tabernáculo”, pero dejemos que sea don Pedro quien nos lo describa:
“De los templos ya terminados, encontramos
muy interesante el gran Tabernáculo, de forma muy original y rara, como de un
medio huevo invertido, descansando sobre cuarenta y seis pilastras de piedra,
dejando entre estas enormes puertas para la ventilación y escape en caso de
incendio. El interior, con capacidad para quince mil personas, tiene la misma
forma, pero ninguna columna; el piso
está ocupado por bancos de madera y una amplia galería alrededor. Por efecto de su forma y falta de columnas
sus propiedades acústicas son
sorprendentes. Tanto es esto, que se dejó caer un alfiler sobre una mesa de
madera en un extremo del salón, sintiéndose casi el imperceptible ruido en el
otro.
Al frente tiene un órgano monstruo y de ricas voces, trabajado por
ellos mismos, y en el fondo, pintados un gran ojo y una colmena. Al lado del
órgano, el local para la orquesta, más abajo tres plataformas seguidas por las
distintas categorías, y al nivel del piso una larga mesa, con el fin ya citado
en la otra de que me ocupé antes.
El Tabernáculo,
(grabado Le Tour du Monde, 1874)
La
reunión dominical observada por don Pedro
El hecho de que don Pedro del Río haya asistido a las reuniones
dominicales de la Iglesia queda claramente de manifiesto en el siguiente
comentario, donde además señala una breve conversación y una descripción del
presidente John Taylor:
“Conseguí visitar una Escuela Dominical, donde me recibieron muy bien
y tuve una agradable conversación con el profesor, quien me proporcionó datos y
varios libros, cuadernos y cartillas. Muy interesante me pareció un gran
almacén llamado ‘Almacén Cooperativo’, donde hacen sus compras los mormones,
pues casi todos tienen acciones y se dividen las utilidades. Hablaba con el
superintendente y le pedía detalles, cuando entró el presidente M. Taylor, con
quien charlé largo, contestándole preguntas sobre mi país; es un caballero
amable, bastante anciano, de pelo y barba blanca y llevaba una larga capa
española, la única que he visto desde que salí de Chile.
Es fácil abordar a estos magnates mormones, pues son atentos y
condescendientes con los extranjeros”.
Con respecto al “Almacén Cooperativo” que llamó la atención de don
Pedro, este formaba parte de un sistema económico instituido por el presidente
Brigham Young para los Santos:
“En 1868 el presidente Young estableció un
sistema económico conocido como Institución Mercantil Cooperativa de Sion. El
propósito de ZCMI, como fue popularmente conocida, fue llevar bienes al
territorio, venderlos al menor precio posible y ‘dejar que los beneficios se
dividieran finalmente entre la gente’”.[20]
Edificio del
Almacén Cooperativo de Salt Lake City.
Además,
a los directores se les dio poder para fijar precios minoristas uniformes, los
cuales serían aplicados por todos los establecimientos cooperativos. Tales
precios debían ser “razonables” y tender “a la satisfacción y beneficio tanto
de los comerciantes como de la gente en general”. El propósito de estos precios
uniformes no era impedir la competencia, sino contener los precios
exorbitantes. La primera lista de precios de este tipo fue adoptada en el
invierno de 1869, “con el entendimiento de que al superintendente de ZCMI le
será permitido cambiarlos de acuerdo con las circunstancias”. Con el tiempo,
ZCMI tuvo sus propias fábricas de botas, zapatos, overoles, chaquetas,
chalecos, camisas, camisetas y ropa interior para hombres.[21][22][23]
Dentro
de las seis semanas de la apertura de la institución en Salt Lake City, 81
negocios cooperativos a través del territorio estaban en operación…Estas
tiendas manejaron casi todos los negocios de los Santos de los Últimos Días.[24]
Lago Salado – Templos Mormones.
Imagen incluida en el texto de don
Pedro del Río Zañartu. Al extremo izquierdo se aprecia el Salón de Asambleas
(centro de reuniones); al centro, el Tabernáculo, de construcción ovalada; y a
la derecha, el Templo de Salt Lake ya terminado.
El
Exponente de la Mujer, la mujer mormona y la poligamia
Una escena
doméstica de la mujer mormona publicada en el libro de don
Pedro del Río
Zañartu.
Me
dirigí a “El Exponente de la Mujer”, periódico publicado por mujeres mormonas,
donde me recibieron en su despacho u oficina dos señoras; una de ellas era una
de las seis esposas del primer Santo, el Sr. Wells.[25]
Sería
muy largo referir nuestra conversación, pero recuerdo que diciéndole yo que
realmente me extrañaba que las esposas se avinieran con la poligamia, me
contestó con admirable franqueza: “Confieso que es un sacrificio inmenso para
nosotras pero lo hacemos con buena voluntad para cumplir con lo ordenado por
Dios o nuestro profeta Smith”.[26]
A propósito de esto, me contaba un compañero de viaje, después de haber sido invitado a comer con una familia mormona muy respetable, que se componía del caballero, cuatro esposas, quince hijos de ambos sexos, de los cuales había dos niñas muy lindas, que había notado con sorpresa en el hogar, no solamente cultura, sino también armonía.
La Orden de Enoc
Existe una original orden que estableció Brigham Young, de “Enoc”, para los que trabajan para la comunidad, por lo que no pueden tener bienes propios, pero en cambio, entre otros privilegios, son considerados como la aristocracia, amén de otras gangas en la otra vida.
Creencias mormonas
Los mormones creen en Dios, su hijo
Jesucristo, en el Espíritu Santo; en la misma organización que existió en la
Iglesia primitiva, es decir, apóstoles, profetas, maestros, evangelistas, etc.;
que la Biblia es la palabra de Dios, siendo esta traducida correctamente, que
también el Libro de Mormón es la palabra de Dios; en la reunión de los hijos de
Israel y de las diez tribus; que Sión se trabajara en este continente, que Dios
reinará personalmente en este mundo, y finalmente en las revelaciones del ángel
al profeta Mártir Smith y otros que vendrán después.
Esto es lo principal. ¿Qué creerás? Me imagino
que, así como la mayoría tendrá de buena fe estas convicciones, habrá también
numerosos farsantes que van solo tras el gusto o el negocio.
Algo más tarde, y escrito lo que precede,
recibidas del señor James Duyler, Superintendente de escuelas de la ciudad de
“Lago Salado”, varias cartillas en hojas impresas que reparten a los niños. Por
lo que se ve, en cuanto a la moral, se parece la de los mormones a las demás
sectas. Por ejemplo, en las reglas para una buena vida, dice: amar a Dios con
amor filial; al hombre con amor fraternal, conservar vuestros cuerpos y ropas
limpias, y en orden todo lo que nos rodea, no cometer excesos en comida, bebidas
u otros gustos o placeres.
En la “Lección sobre recompensas”:
¿Cuál será nuestra recompensa si tenemos
buenas costumbres cuando niños?
Llegar a ser más tarde buenos hombres y
mujeres.
¿Qué obtendremos si somos sabios en comer,
beber y dormir?
Ser robustos, activos, de buen genio, vivir
mucho y ser útiles a nuestros semejantes.
“Sobre el Espíritu Santo”
¿Qué decimos de las personas que están
poseídas del Espíritu Santo?
Que están inspiradas.
¿Puede nombrar algunas de esas personas
inspiradas?
Sí, Moisés que dio los Diez Mandamientos; David, que cantó los cantos de Sión o salmos de David; Jesús que predicó en el monte; Pablo que escribió sobre la caridad; José Smith, el profeta que organizó la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días; y, últimamente, en los Artículos de Fe
Los Artículos de Fe
Creemos en Dios, el Padre Eterno, su hijo
Jesús, y el Espíritu Santo.
Creemos que seremos castigados por nuestras
propias faltas, y no por el pecado de Adán.
En la misma organización que tuvo la primera
Iglesia, como apóstoles, maestros, evangelistas y profetas. En el don de hablar
e interpretar todos los idiomas, de revelaciones, visiones, curaciones,
milagros y profecías.
En que la Biblia es la palabra de Dios (bien
interpretada), también en que el Libro de Mormón es así como la palabra de
Dios. En la reunión de las Diez Tribus de Israel; que Sión será construida
sobre este nuevo continente, y que Dios reinará personalmente en la tierra.
Adoramos a Dios Todopoderoso, según los
dictados de nuestra conciencia, y permitimos a los demás la religión o creencia
que más les agrade.
Creemos en que debemos respetar los Presidentes, Reyes y Legisladores, acatando y sosteniendo las leyes que de ellos emanan – (Firmado) José Smith.
El gran Lago Salado es hermosísimo. Tiene
setenta y cinco millas de largo y treinta de ancho.
Se vacían en él muchos ríos, pero no tienen
salida, se halla a más de cuatro mil pies sobre el nivel del mar. El agua es
tan salada y pesada que se nada con medio cuerpo de fuera, su sabor es pésimo.
Adiós a la Ciudad del Lago Salado
Nunca olvidaré la puesta del sol que aquí presencié: ocultábase en el inmenso lago, dejando reflejos espléndidos, y del otro lado, tras la nevada cordillera, aparecía la luna en toda su magnificencia y grandeza.
En tren a Ogden, pasando por Corinne y Promontory
Fue por Ogden que don Pedro del Río se aproximó en tren a la Ciudad del Lago Salado, en el territorio de Utah, exactamente 116 años antes de que mi esposa Soledad y yo lo hiciéramos por avión. La nuestra fue una primera visita a esta ciudad anterior a que yo leyera su mención en el libro de don Pedro del Río Zañartu, obra que pude consultar algunos años después en la Biblioteca Nacional de Chile. Cuando, en octubre de 1986, me paré frente al Templo de Ogden, pensé en mi primer compañero de misión en Chile, el élder David Langford, de quien solo sabía que había regresado a Ogden al terminar su misión en 1974.
El primer pueblo que pasamos fue Corinne, el segundo pueblo en importancia del territorio Utah, mormón, con un buen templo perteneciente a esta secta, tiene vida por las muchas y excelentes minas que hay al interior en “Idaho” y “Montaña”. Pp. 167-177.
Apenas habíamos
dejado a nuestras espaldas el Lago Salado, llegamos al Promontorio, sitio
agreste donde se unieron las dos grandes líneas de San Francisco y Nueva York,
cuyos últimos durmientes fueron remachados con clavos de plata y oro macizo en
medio de un regocijo que se comprende. P. 17
Don Pedro muere en mayo de 1918
[1] Carlos Oliver S.,
confirmando la interpretación del padre Rosales, señala que Gualpén, o como
fonéticamente sería más correcto, Guallpen, significa “mirar alrededor” en
lengua mapuche; y agrega que un vocablo parecido, “Hualpén”, significa
centinela (Libro de Oro de la Historia de Concepción , obra citada, p. 461).
Mariano José Campos Menchaca, S.J., coincide con estas interpretaciones,
añadiendo: “Mirar alrededor, ésos son, en realidad, los cerros de Hualpén, un
mirador hacia Concepción, hacia la vega de Talcahuano y hacia la desembocadura
del Bío Bío” (Nahuelbuta, Editorial Francisco de Aguirre S.A., Santiago, 1972,
pp. 530 y 531). En el mismo sentido, cfr., Recard Novión, Alberto, El Laja, un
río creador, Editorial Jerónimo de Vivar, Santiago, 1971, p. 316. Carter p. 64.
[2] Cartes p. 83.
[3] Armando Cartes Montory.
Pedro del Río Zañartu, Patriota, Filántropo y Viajero Universal. Editora Aníbal
Pinto S.A. 1992. P. 8.
[4] Cartes p. 87.
[5] Cartes p. 50. Oliver S.,
Carlos, obra citada p. 346.
[6] Cartes p. 51. Del Río Z.,
Pedro. Tercer viaje en torno al mundo. Litografía e Imprenta Soulodre,
Concepción 1912, Tomo II, p. 172.
[7] Cartes p. 52 Vicuña M.,
Benjamín, prólogo a la obra de don Pedro del Río Z., Viajes en torno al mundo
por un chileno. Imprenta Cervantes, Santiago, 1883, Tomo I, p. x.
[8] Cartes pp. 91, 97.
[9] Cartes p. 121. Vicuña
Mackenna, Benjamín, prólogo citado, pp. XV y XVI.
[10] Cartes p. 121. Vicuña M.,
Benjamín. “La mitad de un viaje alrededor del mundo”, en El Mercurio de
Valparaíso, diciembre de 1882, (sin fecha de día). Archivo del Museo de
Hualpén.
[11] Cartes p. 141 Del Río Z.
Pedro. Viaje en torno al mundo por un chileno, Tomo I, pp. 11 y 12.
[12] Ibídem, Tomo 1 p. 13.
[13] Ibídem, Tomo p. 154.
[14] Cartes pp. 141-42.
[15] Leonard J. Arrington y
Davis Bitton, The Mormon Experience: A History of the Latter-day Saints [La
experiencia mormona: una historia de los Santos de los Últimos Días],
University of Illinois Press, 1992, p. 117.
[16] Arturo Aldunate Phillips,
Estados Unidos, Gran Aventura del Hombre. Editorial Nascimento. Santiago,
Chile. 1943. pp. 157-58.
[17] Deseret News, 7 sept.
1940, p.1.
[18] Glen L. Rudd, Pure
Religion: The History of Church Welfare since 1930 [Religión pura: historia del
bienestar de la Iglesia desde 1930], Salt Lake City, Utah, 1995, pp. 84-85.
[19] Susa Young Gates, “The
Gardo House” [“La Casa Gardo”], Improvement Era 20 (1917): 1099-1103; Journal
History of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints [Historia diaria de
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días], 2 de septiembre de
1873 (microfilme, Departamento Histórico de la Iglesia SUD, Salt Lake City);
Clarissa Young Spencer y Mabel Harmer, Brigham Young at Home [Brigham Young en
el hogar] (Salt Lake City: Deseret Book, 1972), pp. 219-221. Otros relatos
señalan que la casa fue llamada “Gardo” porque parecía vigilar la ciudad. La
Casa de la Colmena era una residencia para las esposas de Young, al igual que
la contigua Casa del León.
[20] Brigham Young, en ZCMI
First Record Book [Primer libro de registros de ZCMI], Minute Book A [Libro de
actas A], p. 17, citado en Arden Beal Olsen, “The History of Mormon Mercantile
Cooperation in Utah” [“Historia de la cooperación mercantil mormona en Utah”],
tesis doctoral, University of California, 1935, p. 80.
[21] First Record Book [Primer
libro de registros], p. 19, citado en Olsen, “History of Mormon Mercantile
Cooperation” [“Historia de la cooperación mercantil mormona”], p. 81.
[22] Olsen, “History of Mormon
Mercantile Cooperation” [“Historia de la cooperación mercantil mormona”], p.
93.
[23] Ver Arrington, Great Basin
Kingdom [El reino de la Gran Cuenca], pp. 308-309.
[24] Church History in the
Fulness of Times [Historia de la Iglesia en el cumplimiento de los tiempos],
Religión 341-43, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días,
Salt Lake City, Utah, 1992, p. 397.
[25] El Woman’s Exponent [El Exponente de la Mujer] (1872-1914) fue la primera publicación perteneciente a mujeres Santos de los Últimos Días y publicada por ellas. Aparecía dos veces al mes y, en sus últimos años, mensualmente. Durante sus cuarenta y dos años de publicación, Louisa Lula Greene (1872-1877) y Emmeline B. Wells (1877-1914) sirvieron como editoras.
[26] Leal a la Iglesia y a sus
líderes, El Exponente de la Mujer publicaba con frecuencia editoriales en
defensa de la práctica de la poligamia.
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