sábado, 19 de septiembre de 2026

Fondas y Ramadas

 

Fondas y Ramadas

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La  Cueca

Las fondas o chinganas eran los lugares de entretenimiento del bajo pueblo, establecidas en terrenos abiertos o en sitios más o menos privados. Allí se reunían en los días festivos para gozar extraordinariamente, haraganear, comer buñuelos fritos en aceite, y beber diversas clases de licores, especialmente chicha, al son de una música bastante agradable de arpa, guitarra, tamborín y triángulo, que acompañaban las mujeres con canciones amorosas o patrióticas.

La zamacueca

Los músicos se instalaban en carros generalmente techados con caña o paja, y tocaban sus instrumentos a objeto de atraer compradores a las mesas cubiertas con tortas, licores, flores, que los parroquianos compraban para su propio consumo o para las mozas a las cuales deseaban agradar.

El Presidente de la Rama de Providencia Carlos Cifuentes bailando cueca.

Rama de Providencia. Av. El Bosque 547.

Foto de Élder Ronald Hales, 1959.

Es así que las chinganas eran lugares de reunión del sector popular de la sociedad. Las ramadas eran propias del mundo rural y las fondas, en tanto, se distinguían por ser un lugar para alojar u hospedarse. Las tres eran muy semejantes entre sí y se organizaban durante las celebraciones religiosas, incluida la Pascua.

Cuando Chile alcanzó la anhelada Independencia, los criollos comenzaron a celebrar el aniversario de la Primera Junta de Gobierno (18 de septiembre de 1810) con fondas y ramadas.

Foto Élder Thomas L. Tyler

Bastaban unos cuantos palos, ramas de palmeras, pino y totora en el techo y guirnaldas para iniciar los cantos y las coplas acompañadas de vihuelas, guitarras y arpas. Las parejas bailaban zamacueca, polcas y cuecas.

 

El paseo de la Rama  para el 18 y la cueca, 1959. Foto de Élder Ronald Hales.

 

Los misioneros Lundquist y Pearce y la Rama de San Bernardo, 1961.

 

Izando la Bandera en la Rama de Concepción, 1961.

 

Hermano Ricardo García y Hermanas de  la Sociedad de Socorro  esperan con un  esquinazo el arribo del Presidente Hugh B. Brown en el  Aeropuerto de Los Cerrillos, 1963.

 

Foto Élder Thomas L. Tyler

Cronistas de nuestra historia

 

                                                           E. Tyler            E. Lundquist           E. Francis                        E. Hales

 

                  Así  como los cronistas de nuestra historia primera durante el descubrimiento y la conquista de Chile llevaron registros que hoy día  conforman  nuestra  historia patria,  así como  se  llevó una crónica de los hechos de nuestra independencia política de España,   así también los misioneros son los cronistas  de  la historia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y de su restauración en nuestro país y por ende de  nuestra independencia espiritual.

                  Ellos, los misioneros vinieron  hace ya muchos años para  iniciar la obra delo Señor en Chile  y se llevaron sus registros consigo y también sus fotografías, algunos  de estos registros están volviendo a nuestro país, como las fotografías  de las actividades y del sentir patriótico de  los Santos en aquellos días que he presentado. Muchas gracias a los misioneros por ello y un feliz 18 para ellos y los Santos pioneros de nuestra tierra

 

Rodolfo A. Acevedo.

Septiembre 2008



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Las fotografías y demás material histórico publicados en este blog forman parte de la recopilación, investigación y archivo documental desarrollado por Rodolfo Acevedo, quien durante años reunió y preservó material relacionado con la historia de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Chile.

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© Legado Rodolfo Acevedo — Archivo y recopilación histórica.

lunes, 24 de agosto de 2026

PERDIDOS EN LOS ANDES

 

PERDIDOS EN LOS ANDES

Por Rodolfo del Carmen. Acevedo

“Lo que comenzó siendo una actividad juvenil se convirtió en una experiencia espiritual que siempre recordaremos.”

Rodolfo del C. Acevedo y su esposa Margarita, obreros pioneros del Templo de Santiago.

 

Una jornada en la cordillera

Los alumnos de Seminario subieron al ómnibus entusiasmados. Durante todo el viaje, desde Santiago de Chile hasta la cordillera de los Andes, los escuché con deleite cantar un himno tras otro, participando del espíritu del evangelio con los hermanos y hermanas que acababan de conocer. Eran alrededor de cincuenta jóvenes chilenos, provenientes de todas partes del país. El gozo que reflejaban sus rostros juveniles me hacía recordar a los niños pequeños cuando juegan con juguetes navideños.

Corría el año 1973, y yo enseñaba en el programa pionero de Seminarios en Chile, que se llevaba a cabo temprano por la mañana. Junto con mi esposa y varios de los otros líderes adultos, hicimos planes para ir a pasar el día a los hermosos Baños Morales, que se encuentran en el Cajón del Maipo, en la cordillera de los Andes.

Cuando arribamos a destino, el grupo ardía de entusiasmo por ver y tocar la nieve por primera vez. Como era de esperar, los muchachos comenzaron a correr, a jugar, a tirarse bolas de nieve y a deslizarse por las laderas. Aun cuando el tipo de zapatos que calzábamos no era el adecuado para caminar en la nieve, igualmente disfrutamos de nuestro juego.

Un guía de la cordillera, miembro del Club Andino, vio nuestro grupo y se acercó a nosotros. Después de advertirnos acerca de las corrientes de agua que estaban cubiertas de nieve y de otros peligros que encierran las montañas, nos guió, en fila india, hasta un refugio en la cima de la montaña, donde podríamos acampar y comer.

Sus advertencias apaciguaron nuestra algarabía, pero no fue sino hasta que comenzamos el regreso a casa, esa tarde, que nos enfrentamos con peligros que requirieron que prestáramos atención a otro guía: al Espíritu Santo.

Comienza la tormenta

Al caer la tarde, y después de un día pleno de actividades, todos estábamos muy cansados. Subimos al ómnibus que nos llevaría de regreso y, cuando el conductor puso el vehículo en marcha, una de las ruedas patinó, enterrándose en la nieve. Todos nos bajamos para alivianar el peso, y alguien sugirió que los varones emprendiéramos la marcha a pie y que las mujeres se quedaran mientras el conductor resolvía el problema. Veinte de los hermanos comenzamos a descender, confiados en que pronto el ómnibus nos alcanzaría.

De pronto comenzó a nevar y, a medida que avanzábamos, la nieve caía cada vez más espesa.

Sin que nos diéramos cuenta, cayó la noche, cubriendo el cielo y la tierra nevada con un manto negro de oscuridad.

 

Imágenes publicadas en la revista Liahona (diciembre de 1988).

Cuando habíamos andado cerca de una hora, el miedo hizo presa de nosotros y nos detuvimos. Uno de los hermanos del grupo, Federico Zapata, que pertenecía a los Boy Scouts, hizo que formáramos un círculo y que cantáramos canciones alegres, haciendo movimientos con el cuerpo con el fin de hacernos entrar en calor y entretenernos mientras esperábamos. Pero, después de un tiempo de tratar en vano de vislumbrar las luces del ómnibus, comenzamos a darnos cuenta de la gravedad de nuestra situación.

Al fin, luego de una larga espera, lo vimos aparecer. Cuando llegó junto a nosotros, advertimos que no traía a los pasajeros. El conductor nos dijo que el vehículo tenía una pieza rota y que tenía que llevarlo a reparar antes de poder cargarlo. Nos explicó que había dejado a las hermanas en el refugio y que debíamos volver allí a esperar hasta la mañana siguiente, cuando él vendría a buscarnos.

Fotografía de la cordillera. Foto de élder Bob Cowan.

Perdidos en la nieve

Después de decirnos eso, se alejó, dejándonos para que recorriéramos nuevamente el largo camino hasta el refugio. La nieve rápidamente cubrió las huellas del ómnibus y nos era imposible distinguir el camino. Teníamos la ropa empapada y nuestros pies se hundían en la blanda nieve con cada paso que dábamos. Algunos cantaban; otros caminaban en silencio, pero yo estaba seguro de que cada uno de nosotros iba ofreciendo una oración en su corazón.

Llegamos a un punto en el camino en el cual tuvimos que decidir si seguir adelante o doblar a la derecha. Varios dieron su opinión, pero ninguna de ellas estaba basada en el conocimiento. Entonces nos encomendamos en las manos de nuestro Padre Celestial, que había guiado a Lehi sin peligro a través del desierto. Nosotros no teníamos una Liahona para que nos guiara; no teníamos ningún líder que nos mostrara el camino, pero teníamos, sí, el don del Espíritu Santo.

Doblamos a la derecha y continuamos nuestra marcha, internándonos aún más en las montañas cubiertas de nieve. De pronto alguien gritó:

—¡Allí están! ¿Ven la luz?

El entusiasmo y la esperanza renacieron y, al unísono, comenzamos a cantar el “Himno de Batalla de la República”.

Luego de un momento, uno del grupo dijo:

—¡Cállense! ¡Por favor, escuchen!

Entonces, en el silencio de la noche, pudimos escuchar, a la distancia, las voces de los hermanos y hermanas que nos aguardaban en el refugio, uniéndose a nosotros cantando: “¡Gloria, gloria, aleluya! Avanza su verdad”.

La emoción se apoderó de nosotros y así, entre cantos, lágrimas y sonrisas, nos apresuramos para reunirnos con el resto del grupo, no sin antes agradecer a nuestro Padre Celestial por Su guía y Su protección.

Un domingo entre las montañas

A la mañana siguiente, domingo, despertamos en un mundo maravilloso cubierto de nieve. Tal como lo habíamos planeado la noche anterior, llevamos a efecto la Escuela Dominical y la reunión sacramental. Una pareja de edad, un hombre joven que también había sido atrapado por la tormenta y el administrador del refugio se unieron a nosotros. Se ofrecieron sinceros mensajes, oraciones e himnos de alabanza. Al finalizar las reuniones, las personas que no eran miembros de la Iglesia y que nos habían acompañado en los servicios de adoración nos agradecieron el haber podido participar y la oportunidad de haber conocido a jóvenes tan excepcionales.

Al caer la tarde, el ómnibus nos recogió para llevarnos de vuelta a Santiago. Lo que comenzó siendo una despreocupada aventura terminó convirtiéndose en una experiencia espiritual que siempre recordaremos.

Nunca podremos olvidar que nuestro Padre Celestial nos salvó en aquella oscura montaña por medio de la guía del Espíritu Santo.

 

Fuente original: “Sección para los jóvenes”, revista Liahona, diciembre de 1988, pp. 43–44.

Autor: Rodolfo del Carmen. Acevedo.

martes, 18 de agosto de 2026

Santos de la Estaca de San Antonio

 

Santos de la Estaca de San Antonio

Recordaron a sus Pioneros



Con tres días de actividades, las que culminaron con un devocional especial, los Santos de San Antonio, Chile, recordaron a sus miembros y misioneros pioneros con motivo de cumplirse los 40 años (1967–2007) del establecimiento de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en esta ciudad puerto de la costa central chilena.

Las actividades, que comprendieron la exhibición de películas de la Iglesia de los años sesenta, como “El Hombre y su Búsqueda de la Felicidad” y “Aunque Nos Toque Morir”, también incluyeron una exposición de recuerdos de 40 años, donde cada barrio de la actual Estaca de San Antonio presentó sus recuerdos históricos a través de fotografías, libros, manuales antiguos y películas de sus miembros y misioneros.

En la reunión del día domingo 19 de agosto, la que contó con la asistencia de los primeros miembros bautizados en la ramita de San Antonio en el año 1967, a saber, los hermanos Ernesto e Inés Muñoz, se presentaron los testimonios de los primeros misioneros que llevaron el evangelio restaurado a esta zona, a saber: los élderes Gordon K. Hinckley, Michael Jay Bake (fallecido), Karl William Turley y Leslie M. Brower.

Los Élderes Bake, Brower y Turley, en sus primeros momentos en San Antonio.

                 Élder Gordon K. Hinckley

                     Élder Leslie Brower

El Élder Hinckley compartió su testimonio después de 40 años con sus hermanos de San Antonio: “Recuerdo el entusiasmo que compartimos al ser los primeros misioneros en San Antonio, Chile. Los días siguientes fuimos a la estación de radio local y al diario para presentarnos y para hacerles saber quiénes éramos y qué estábamos haciendo allí en San Antonio. Ir primero a la radio y al diario ayudó tremendamente con el trabajo porque muchas de las personas que contactamos nos habían escuchado en la radio o habían leído acerca de nosotros en el diario”.

Por su parte, el Élder Leslie Brower, que actuó como Élder Presidente en la ocasión, señaló también en un testimonio enviado a sus hermanos sanantoninos:

“Cuando llegamos a San Antonio, la primera cosa que hicimos fue subir al cerro donde está la estatua de la Virgen María. Y allí hicimos una oración pidiendo las bendiciones del Señor para la predicación del evangelio en esta área. Nosotros sentimos el espíritu y supimos que un día San Antonio llegaría a ser una Estaca”.

En su tiempo, el hermano Ernesto Muñoz, primer varón local en recibir el sacerdocio y el primero en actuar como Presidente de la naciente rama, compartió su testimonio y se evocó el momento de su bautismo: “Fue poco después de las 8 a. m. y había una densa niebla. Comenzamos con una oración y un himno, y mientras entrábamos al agua, la niebla se disipó. Aun cuando el océano estaba helado, puedo honestamente decir que yo no sentía frío”.

El hermano Muñoz y su esposa Inés sirven actualmente como obreros en el Templo de Santiago de Chile; él también sirvió como consejero en la Presidencia del mismo por un período y actualmente como obrero sellador.

En la ocasión se rindió también homenaje a otro miembro pionero de la Rama de San Antonio, el hermano Rodolfo del Carmen Acevedo, quien, al momento de su fallecimiento, servía como obrero sellador en el Templo de Santiago de Chile.

Parte de la congregación durante el devocional, entre ellos las familias pioneras de la Iglesia en San Antonio.

Los frutos de los primeros esfuerzos se han multiplicado y hoy día la Iglesia es una institución reconocida en la sociedad sanantonina, gracias a la fe y el esfuerzo de sus primeros miembros y misioneros, quienes fueron evocados y saludados con mucho amor por sus conversos presentes en la reunión.

La Iglesia fue oficialmente organizada en San Antonio el día 18 de agosto de 1967, bajo la dirección del Presidente de la Misión Chilena, Robert H. Burton; los misioneros habían llegado a la ciudad puerto el día 10 de agosto de ese año.

La Estaca de San Antonio fue creada el día 2 de julio de 1989 y hoy día se fortalece con barrios y hermosas capillas en San Antonio, Barrancas, Llolleo, Cartagena y El Quisco.

Élder Brower, uno de los misioneros pioneros, en una reciente visita a San Antonio.

La actividad contó con el apoyo de la Presidencia de la Estaca de San Antonio.

Familias Pioneras de la Iglesia en San Antonio

Recuerdos de 40 Años

Hermanos Inés y Ernesto Muñoz, primeros conversos de la Iglesia en San Antonio.

     

Fondas y Ramadas

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