Los Santos de los Últimos Días Vistos
desde Chile
Prensa, escritores y viajeros chilenos
frente al pueblo del Lago Salado (1838–1943)
Una crónica documental basada en El Mercurio de
Valparaíso, Vicente Pérez Rosales, Benjamín Vicuña Mackenna, Francisco Encina,
Arturo Aldunate Phillips, Parley P. Pratt, José Toribio Medina y Pedro del Río
Zañartu
Autor Cristobal E. Acevedo, Tec. en Logistica y Creador de Contenido del Canal
de YouTube “Algo Muy Bueno”
Revisión: Juan Rodríguez Layana, Orientador Familiar mención en Relaciones
Humana, U. de los Lagos, diplomado Universitario de Capacitación Docente en
Neurociencias.
Introducción
Las citas que dan cuerpo a este trabajo no
son un hallazgo propio, sino un legado. Provienen de la recopilación paciente
que realizó, a lo largo de años, el historiador Rodolfo Acevedo (1951–2012), de
la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Chile, quien las
fue reuniendo en distintos escritos y libros que la vida no le alcanzó a
culminar. Este documento retoma esas notas dispersas y las ordena
cronológicamente, con el único propósito de plasmar algo hermoso: que, mientras
los pioneros Santos de los Últimos Días atravesaban el desierto y sufrían las
penurias de su propio éxodo en Norteamérica, Chile —a través de su prensa, sus
escritores y sus viajeros— ya tenía noticia de esos hechos y de los personajes
que los protagonizaron, quedando así, sin saberlo, entretejidos en el registro
de nuestra propia historia secular.
Este trabajo se publica, además, en un
momento especialmente significativo. En 2026 se cumplen 70 años de la
organización de la primera rama de la Iglesia en Chile, fundada el 5 de julio
de 1956, y del bautismo de los primeros conversos chilenos, ocurrido meses más
tarde, el 25 de noviembre de ese mismo año. De aquella semilla, sembrada por un
puñado de misioneros y familias pioneras, ha crecido la obra que hoy conocemos:
templos, decenas de estacas y cientos de barrios a lo largo de todo Chile.
5 de julio de 1956 — Primera rama organizada en Chile
25 de
noviembre de 1956 — primeros bautismos de conversos chilenos
Sirvan entonces estas páginas como un
homenaje doble: a los pioneros que abrieron camino en Norteamérica, y a
quienes, setenta años atrás, abrieron ese mismo camino aquí en Chile. Y sirvan
también como un tributo a Rodolfo A. Acevedo Pionero SUD de San Antonio, cuya
curiosidad histórica y cuyo cariño por esta obra hicieron posible que estas
citas, encontradas hace tanto tiempo, finalmente vieran la luz.
Cristobal E. Acevedo
2026
Arturo Aldunate
Philipps
“This is the Place,
había dicho hace cerca de 100 años Brigham Young, al asomarse desde el alto de
las colinas que cerraban el Emmigration Canyon y a cuyas faldas se extendía el
Valle del Salt Lake. Sí, allí reconstruirían sus vidas; y en ese fértil valle
junto al espejo de plata del gran lago, las columnas cansadas hicieron el alto
definitivo.”
Arturo
Aldunate Phillips, Estados Unidos, Gran Aventura del Hombre, Editorial
Nacimento, Santiago, 1943, pp. 157-158.
“Eran los mormones, los
más audaces de los pioneros que, deseosos de crear su mundo nuevo, de mantener
el culto libre de sus creencias, de arrancar a la tierra los materiales para
construir sus hogares, habían dejado desierta allá muy lejos, al otro lado del
Mississipi, su primera ciudad, Nauvoo, en busca de esta aventura fantástica. La
guerra, las enfermedades, las privaciones, los interminables esfuerzos, habían
despedazado la caravana, pero sin lograr disminuir en un ápice la fuerza
espiritual que la guiaba.”
Arturo
Aldunate Phillips, op. cit., pp. 157-158.
Cuando el escritor y ensayista chileno Arturo
Aldunate Phillips escribió estas líneas en 1943, lo hizo desde la distancia de
un siglo y de otro País. Pero la verdad es que Chile no necesitó esperar hasta
mediados del siglo XX para enterarse de los “Santos de los Últimos Días”. Desde
que la joven Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días comenzó a
sufrir sus primeras persecuciones en Missouri, la prensa porteña ya seguía sus
pasos, y antes de que terminara el siglo XIX, chilenos de carne y hueso, marineros,
mineros del oro, escritores, cónsules y viajeros, ya habían cruzado su camino
con el de los Santos, en Juan Fernández, en San Francisco y hasta en la propia
Salt Lake City. Este trabajo reconstruye, en orden cronológico, ese hilo de
noticias, testimonios y encuentros.
1838–1840, Las primeras noticias: la
persecución en Missouri llega a Valparaíso
Apenas ocho años después de la organización
de la Iglesia en Fayette, Nueva York (6 de abril de 1830), el nombre de los “mormones”
ya circulaba en la prensa chilena. El Mercurio de Valparaíso, el diario de
circulación continua más antiguo de habla hispana en el mundo, dedicaba en 1838
una serie de notas breves a las noticias que llegaban de los Estados Unidos, navegación
a vapor, telégrafo eléctrico, pesca de ballenas, dentro de las cuales también
se colaba, en esos mismos días de agosto y septiembre, la crisis que estallaba
en Missouri, cuando el gobernador Lilburn W. Boggs firmó la infame orden de
exterminio contra los Santos.
7 y 23 de agosto, y 6, 14 y 20
de septiembre de 1838
El Mercurio de Valparaíso publicó en esas
fechas una serie de despachos sobre los Estados Unidos, navegación a vapor en
el Pacífico, el telégrafo eléctrico, la pesca de ballenas, en el mismo período
en que Missouri expulsaba a la fuerza a la comunidad mormona de sus tierras,
dejando testimonio de cómo las noticias del país norteamericano, incluida su
turbulencia religiosa, llegaban con relativa rapidez a la costa chilena.
7 de julio de 1840
“Otras veces los
miembros de una nueva secta religiosa, conocida con el nombre de Marmons,
fanáticos inofensivos, han sido lanzados por la multitud, de las tierras que
ocupaban legítimamente en el Estado de Missouri, después de robados y
diezmados, sin que la autoridad pública interviniese.”
El Mercurio
de Valparaíso, miércoles 7 de julio de 1840.
La nota es notable por su tono: llama a los “mormones”
“fanáticos inofensivos” y denuncia abiertamente el despojo sufrido,
evidenciando que ya en 1840 la prensa chilena tomaba partido, con cierta
simpatía, por una comunidad perseguida al otro lado del continente, mucho antes
de que ningún misionero SUD hubiese pisado suelo chileno.
1846, El éxodo hacia el oeste, según El Mercurio de Valparaíso
Tras el asesinato de José Smith en 1844 y la
creciente violencia en Illinois, los Santos abandonaron Nauvoo en 1846 rumbo a
un destino incierto en el oeste. También este episodio fue seguido, aunque de
forma fragmentaria y no siempre exacta, por la prensa porteña.
6 de febrero de 1846
El Mercurio de Valparaíso informó de una
verdadera “guerra a muerte” entre la población armada y los mormones, dando
cuenta —con la imprecisión propia de una noticia llegada de tan lejos— de la
violencia que rodeaba la salida final de Nauvoo.
11 de marzo de 1846
“Los mormones cansados
de luchar con sus vecinos de Illinois están emigrando para las Californias,
aunque en lo ostensible se dice que es para la isla de Vancouver.”
El Mercurio
de Valparaíso, 11 de marzo de 1846.
El destino real, el Valle del Lago Salad aún
no se conocía con certeza en Chile ni, en rigor, entre los propios pioneros,
que por entonces sopesaban tanto las Montañas Rocosas como California o la
costa del Pacífico Norte como posibles lugares de recogimiento.
Un testigo
mejor informado: Benjamín Vicuña Mackenna
Mientras la prensa se movía con la
imprecisión propia de una noticia llegada de tan lejos, el joven Benjamín
Vicuña Mackenna —quien por esos mismos años recorría los Estados Unidos y
dejaría constancia de ello en su célebre diario de viaje— consignó con mayor
exactitud el desenlace del éxodo, una vez que los pioneros alcanzaron su
destino final en el valle del Lago Salado:
“Después de un año de
marcha (en 1847) los Santos llegan al Lago Salado y se establecen en el valle
del Desiré, capaz de alimentar un millón de habitantes.”
Benjamín
Vicuña Mackenna, Terra Ignota, Biblioteca Nacional de Chile 11(728-17), p. 127.
El testimonio es valioso porque no proviene
de un despacho de prensa reproducido a la distancia, sino de un escritor
chileno que en esos mismos años atravesaba Norteamérica y escribía en tiempo
casi real sobre el desenlace del éxodo mormón, muchos años antes de convertirse
en el historiador y hombre público que hoy conocemos.
En ese mismo pasaje de Terra Ignota, Vicuña Mackenna se detiene a reflexionar sobre el destino del pueblo mormón, y llega incluso a aventurar una osada predicción política sobre el futuro de los territorios del oeste norteamericano:
“No parecerá extraño
que antes de mucho tiempo se consolide una nueva y poderosa república entre el
Mississippi y el Pacífico, mientras las colonias inglesas independientes
establezcan una nueva federación en el Norte. Los mormones, desde su Nuevo
Israel, se han constituido los apóstoles de este porvenir que para ellos
significa el señorío de la tierra.”
Benjamín
Vicuña Mackenna, Terra Ignota, Biblioteca Nacional de Chile 11(728-17), p. 127.
La historia, por supuesto, le daría la razón:
Utah terminaría integrándose a la Unión como un estado más, en 1896. Pero la
cita revela hasta qué punto un escritor chileno, observando desde fuera,
percibió con lucidez la fuerza expansiva y el sentido de destino manifiesto que
animaba al proyecto mormón en pleno siglo XIX.
1846, El Brooklyn: la travesía por el Pacífico y el abastecimiento en Juan
Fernández
Mientras la mayoría de los Santos cruzaba
Iowa por tierra, un grupo de 238 mormones zarpó desde Nueva York el mismo día
en que Nauvoo era definitivamente abandonada, a bordo del velero Brooklyn,
fletado por Samuel Brannan bajo instrucción de Brigham Young. La nave
transportaba herramientas agrícolas, una imprenta completa, la misma que había
impreso el periódico El Profeta, maquinaria de molinos, ganado y una gramática
hebraica: los elementos para fundar una nueva sociedad en el Pacífico.
La ruta debía bordear el Atlántico, doblar el
Cabo de Hornos y ascender por el Pacífico hasta Yerba Buena, hoy San Francisco.
La intención original era descansar y reabastecerse en Valparaíso, pero una
tormenta desvió al Brooklyn hacia mar abierto.
“Desafortunadamente, el
Brooklyn nunca llegó a Valparaíso. Mientras intentaba llegar a este puerto,
otra severa tormenta lanzó al barco hacia alta mar... Laura Goodwin, que
viajaba embarazada junto a su esposo Isaac y sus seis hijos, perdió el
equilibrio con la inclinación del barco cayendo por la escalera de la cámara,
lo que le produjo un trabajo de parto prematuro con complicaciones. Ella rogó
junto a su desconsolada familia que no fuera arrojada al mar; después de un
rato, falleció.”
Relato
recogido en la crónica del viaje del Brooklyn, 1846.
Buscando refugio, el capitán condujo la nave hacia el archipiélago de Juan Fernández, que se presentó ante los pioneros el 4 de mayo de 1846 “como una esfinge en medio del Pacífico” —la misma isla que sirvió de escenario a Robinson Crusoe de Daniel Defoe y que don Benjamín Vicuña Mackenna describiría décadas más tarde como un punto de apoyo indispensable para toda empresa marítima en el Pacífico.
“Una especie de
apeadero y de posada y de punto de apoyo indispensable para todas las empresas
de aventura en el Pacífico.”
Benjamín
Vicuña Mackenna, sobre el archipiélago de Juan Fernández.
Fue en esta isla chilena, territorio de
Robinson Crusoe, Alejandro Selkirk y Santa Clara, donde los pasajeros del
Brooklyn lograron recuperar fuerzas y reabastecer sus bodegas: cereales,
verduras frescas, higos, guindas, frutillas, cerdos, cabras, ovejas, langostas,
carne y charqui salado, provisiones que les permitieron continuar viaje hacia
Honolulu y, finalmente, arribar el 29 de julio de 1846 a Yerba Buena, tras más
de cinco meses de navegación. El propio Vicuña Mackenna dejaría constancia de
la importancia estratégica de estos puertos chilenos, Valparaíso y Juan
Fernández, como escala obligada para toda navegación que, doblando el Cabo de
Hornos, buscara unir el Atlántico con la costa oeste norteamericana.
Los pasajeros del Brooklyn fueron, según los
propios historiadores Santos de los Últimos Días, el primer grupo colonizador
angloparlante en establecerse en California, adelantándose en varios meses a la
llegada del Batallón Mormón por tierra. El buen recuerdo de la generosidad
chilena en Juan Fernández perduraría en la memoria de estos pioneros, y muy en
especial en la de su líder, Samuel Brannan, quien, como se narrará más adelante,
no lo olvidaría cuando, años después, tuvo la oportunidad de devolver el gesto
en las calles de San Francisco.
1848–1849, El oro de California y la ruta chilena
El descubrimiento de oro en el aserradero de
John Sutter, en enero de 1848, transformó por completo la relación entre Chile
y California. La noticia llegó a Valparaíso el 19 de agosto de 1848 a bordo del
bergantín J.R.S. (José Ramón Sánchez), desatando una verdadera fiebre
migratoria.
“La mayor parte de los
chilenos del oro llegaron desde septiembre de 1848 a mayo de 1849; es decir,
que precedieron cerca de seis meses a las bandadas que venían por el Cabo de
Hornos y cerca de un año a los que caminaban a pie, como los israelitas, por las
praderas y las montañas Rocallosas.”
“Oro en
California”, El Mercurio, 16 de octubre de 1960 (crónica retrospectiva).
La cercanía geográfica y la larga tradición
de comercio marítimo, los buques que intercambiaban sebo y cueros entre la
costa oeste americana y Chile solían hacer aguada y comprar víveres en nuestros
puertos, hicieron que Chile fuera uno de los primeros países en volcarse hacia
la Nueva El Dorado. En los primeros seis meses de 1849 las autoridades chilenas
extendieron seis mil pasaportes con destino a California, y como más de la
mitad de los viajeros ni siquiera se molestaba en tramitarlo, el Congreso
terminó por autorizar el viaje sin necesidad de pasaporte alguno. Se calcula
que unos veinte mil chilenos llegaron a California en esos años, y que más de
siete mil quedaron documentados entre 1848 y 1851. En ese mismo período, del 12
de septiembre al 30 de diciembre de 1848, 336 pasajeros zarparon desde Chile en
el primer tramo de la fiebre del oro.
Fue en ese contexto de tráfico masivo que
Valparaíso y San Francisco se estrecharon hasta el punto de que los marinos
bautizaron cariñosamente a nuestro puerto como “Pancho”, en recuerdo de su
hermano del norte.
1849, Chilecito, los Galgos y Samuel Brannan, “amigo de los chilenos”
En San Francisco, los mineros y comerciantes
chilenos se agruparon en una ladera del cerro del Telégrafo, entre las calles
Montgomery, Pacific, Jackson y Kearney: un barrio de chozas de madera y carpas
que pronto fue conocido como “Chilecito” o Little Chile. Allí, en junio de
1849, una banda de forajidos autodenominados los Galgos —compuesta, en palabras
de Vicente Pérez Rosales, de “vagos, jugadores y borrachos”— decidió atacar el
reducto chileno.
“No tardó en formarse
en San Francisco una sociedad de bandidos llamados Galgos... resolvieron los
malhechores Galgos darles una violenta zurra, y como en California tiempo es
plata, estos desalmados en número crecido, acometieron a los desprevenidos chilenos
de aquel rincón a palos y pistoletazos. Los chilenos vueltos en sí, empezaron a
lanzar una lluvia de piedras sobre sus agresores.”
Vicente
Pérez Rosales, Recuerdos del Pasado, Ed. Andrés Bello, marzo 1983, tomo II, p.
64.
Fue en ese instante que apareció, en la
memoria de los cronistas chilenos, la figura de Samuel Brannan: el mismo líder
que en 1846 había fletado el Brooklyn y que, tras separarse de Brigham Young en
el Valle del Lago Salado, se había quedado en California como “un poderoso
comerciante, jefe o director de la sucursal de la secta mormónica”, según lo
describió el propio Pérez Rosales.
“Brannan, el ex mormón,
dueño de la inolvidable... informado por algunos chilenos de lo que ocurría en
la puntilla, se lanzó lleno de justa indignación sobre el tejado de su casa, y
dando desde allí grandes voces para llamar al pueblo a reunirse, con breves y
enérgicas palabras manifestó que ya era tiempo de ejemplarizar tan inauditos
desmanes contra los hijos de un país amigo, que mandaba día a día a San
Francisco, junto con la mejor harina flor, ¡los mejores brazos para cortar
adobes!”
Vicente
Pérez Rosales, Recuerdos del Pasado, tomo II.
El historiador Francisco Antonio Encina
recogería el mismo episodio décadas más tarde, coincidiendo casi palabra por
palabra con el relato de Pérez Rosales:
“En medio de la
refriega, el norteamericano Brannan, antiguo jefe de los mormones de la región,
que era gran enemigo de los galgos, se subió sobre el techo de su casa, y
convocó al pueblo a grandes voces para que acudieran en auxilio de los
chilenos. Les recordaba que su lejano país mandaba la mejor harina flor y los
mejores brazos del mundo para cortar adobes. Con este providencial auxilio, los
chilenos expulsaron a los galgos de su barrio; y, capitaneados por Brannan y
reforzados por los yanquis de San Francisco, entre estrepitosos ¡hurras!
capturaron a los bandidos, los que fueron enviados a bordo de la corbeta de
guerra Warren.”
Francisco
Antonio Encina, Historia de Chile Tomo II, Edición 1974.
Vicente Pérez Rosales resumiría el vínculo
con una sola frase, que ha quedado como una de las descripciones más
entrañables de aquel episodio: llamó a Brannan sencillamente “el amigo de los
chilenos”. Es notable que la primera gran alianza documentada entre chilenos y
norteamericanos en la California del oro haya tenido, en su origen, a un
antiguo líder mormón como protagonista —y que ese gesto de defensa fuera, en
cierto modo, un eco tardío de la hospitalidad que Chile había ofrecido al
propio Brannan y a los pasajeros del Brooklyn tres años antes en Juan
Fernández.
La versión de
Vicuña Mackenna: un nombre que cambia
El propio Benjamín Vicuña Mackenna, en sus
“Simples notas a vuelo de pájaro”, recogidas en su obra Terra Ignota a partir
de las cartas de viaje del chileno José Sergio Ossa, dejó su propia versión del
mismo episodio. Es un relato prácticamente calcado del de Pérez Rosales y
Encina en su desarrollo, pero con una curiosa diferencia: en lugar de Samuel
Brannan, atribuye la arenga desde el tejado a Brigham Young.
“Fue esta última (Plaza
Washington) la que sirvió de teatro a las sangrientas riñas de los chilenos y
de los galgos en 1849, cuando no había allí más que una casa de teja en la que
vivía el alcalde. Sobre el tejado de esa casa subió, como a una tribuna, Brigham
Young (que era entonces un simple apóstol de los mormones), y secundado por los
chilenos, después de una calurosa arenga, propuso la prisión de la primera
banda de hounds que, revólver en mano, se habían hecho señores del lugar. Los
caudillos galgos, en número de catorce, fueron arrestados y conducidos a bordo
de un buque que les sirvió de cárcel.”
Benjamín
Vicuña Mackenna, Terra Ignota, Biblioteca Nacional de Chile 11(728-17);
“Simples notas a vuelo de pájaro”, a partir de las cartas de José Sergio Ossa.
El desliz es revelador: Brigham Young jamás
salió de Utah hacia California en esos años, y quien defendió a los chilenos
fue, sin duda, Samuel Brannan —como confirman tanto Pérez Rosales como Encina—.
Es probable que Vicuña Mackenna, escribiendo de oídas y a partir de cartas
ajenas, confundiera al profeta de los mormones, cuyo nombre era mucho más
conocido en Chile, con el comerciante que en verdad protagonizó la escena. Más
allá del error, el episodio confirma que la defensa de Chilecito por un dirigente
mormón quedó grabada, de forma independiente, en al menos tres cronistas
chilenos distintos: Pérez Rosales, Encina y el propio Vicuña Mackenna.
1851–1852, Parley P. Pratt: la misión que abrió la puerta en Chile
En febrero de 1851, mientras la fiebre del
oro seguía atrayendo a miles de chilenos hacia California, el apóstol Parley P.
Pratt fue apartado por la presidencia de la Iglesia para abrir el evangelio en
las islas del Pacífico, la Baja California y Sudamérica. Bajo esa autoridad,
Pratt llegó a las costas del Pacífico en marzo y, acompañado de su esposa y del
élder Rufus Allen, viajó hasta Chile, estableciendo su residencia en
Valparaíso, donde permaneció varios meses, con una breve estadía adicional a
unas cuarenta millas al interior.
La misión, sin embargo, coincidió con una
revolución interna en Chile y con las restricciones que las leyes de la época
imponían a la libertad religiosa, lo que impidió avances significativos:
“But owing to a
revolution then in progress in Chile, the restriction of the laws as to
religious freedom, but little could be accomplished and the missionaries
returned to California.”
“Sin Embargo, debido a
la revolución que se desarrollaba en Chile en aquel entonces y a las
restricciones legales existentes respecto a la libertad religiosa, los
esfuerzos misionales produjeron escaso resultados, por lo que los misioneros
regresaron a California”
B. H.
Roberts, A Comprehensive History of the Church, Deseret News Press, Salt Lake
City, 1930, p. 70.
El propio Pratt narraría en su autobiografía
la frustración de aquellos meses: aun con la mejor voluntad, ni él ni sus
compañeros lograron dominar el idioma con la fluidez suficiente para predicar,
ni encontraron manera de sustentarse, por lo que debieron regresar a
California.
“Nos quedamos hasta
agotar todos nuestros medios, buscamos y oramos diligentemente para que nuestro
camino se allanara, pero ni pudimos hablar el idioma lo suficientemente bien
como para predicar el evangelio, ni encontramos un medio de ganarnos la vida,
así que se nos hizo necesario regresar a California mientras todavía
estudiábamos el idioma a bordo.”
Parley P.
Pratt, Autobiography, p. 397.
El propio Mercurio de Valparaíso y El Diario
dejaron registro de los movimientos marítimos vinculados a esta misión,
consignando el arribo y zarpe de embarcaciones que conectaban Valparaíso con
San Francisco por esos mismos meses. El 5 de marzo de 1852 el bergantín Dracutt
zarpó desde Valparaíso rumbo a San Francisco llevando entre sus pasajeros al
matrimonio Pratt y al élder Rufus Allen, quienes dejaban atrás no solo el fruto
incierto de su primer esfuerzo evangelizador en Sudamérica, sino también a un
hijo fallecido apenas dos meses antes, sepultado en el promontorio que domina
la bahía de Valparaíso.
En esa misma travesía, Elder Pratt entabló
conversación con un joven chileno que viajaba a probar fortuna en California
—uno de los miles que entonces cruzaban el Pacífico atraídos por el oro— y de
quien dejó un breve pero cálido retrato en su autobiografía:
“Lo que es muy notable
en este joven, por el hecho de ser chileno, es que ni fuma ni bebe. Él tiene
algunos recursos, y está viajando a California para hacer algunos más. Oramos
en secreto para que Dios abra su corazón y nos lo dé como una ayuda en el ministerio.”
Parley P.
Pratt, Autobiography, p. 396.
Aunque la misión de 1851–1852 no dejó una
congregación establecida, sembró en Elder Pratt la convicción —que expresaría
después en su obra sobre el Libro de Mormón— de que Chile pudo haber sido
tocado por los pueblos que emigraron desde Jerusalén hacia el año 600 antes de
Cristo, una hipótesis que ligaría para siempre, en la tradición SUD chilena, la
“tierra escogida” del continente americano con la larga y angosta faja de
tierra que Pratt había apenas comenzado a recorrer.
1876–1878, José Toribio Medina: el bibliógrafo que reconoció la doctrina
mormona en Manuel Lacunza
En 1876, José Toribio Medina Zavala
(Santiago, 1852–1930), quien llegaría a ser reconocido como el más grande
bibliógrafo de la cristiandad hispanoamericana, viajó a los Estados Unidos,
donde permaneció tres meses recorriendo el país y frecuentando sus bibliotecas.
El fruto erudito de aquellos años se plasmaría, en 1878, en su monumental
Historia de la Literatura Colonial de Chile.
En esa obra, Medina dedicó un capítulo al
sacerdote jesuita chileno Manuel Lacunza y a su tratado milenarista La Venida
del Mesías en Gloria y Majestad, escrito bajo el seudónimo hebraico de Juan
Josafat Ben-Ezra. Al comentar la visión escatológica de Lacunza —un reino de
mil años en que se reunirían las doce tribus de Israel en una ciudad santa de
doce puertas—, Medina no pudo dejar de advertir un notable paralelo con una
doctrina bien conocida ya en su época:
“Este reino duraría mil
años. Se reunirían las doce tribus de Israel y vivirían bajo el blando mando
del gobierno del Señor en una ciudad de doce mil estadios, que tendrá cuatro
leguas por costado, con doce puertas, que pertenecerían una a cada tribu, exactamente
como la ciudad de los últimos santos del rito mormónico.”
José Toribio
Medina, Historia de la Literatura Colonial de Chile, Cap. XIII, Tomo II, 1878
(Ensayos, p. 137).
La comparación no era casual ni superficial.
El propio milenio profetizado por Lacunza —un “Anticristo” colectivo, una
purificación final por fuego, y el regreso del Mesías en gloria para reinar mil
años junto a las doce tribus reunidas— coincidía, en más de un punto, con la
doctrina de los Santos de los Últimos Días sobre la restauración de Israel y la
construcción de una Nueva Jerusalén, tal como había sido difundida desde 1837
en el influyente folleto Una Voz de Amonestación del élder Parley P. Pratt:
“Esta descripción se
halla en el último capítulo de Ezequiel, donde divide la tierra por suertes
entre las doce tribus, y traza la ciudad y su santuario en el centro, con sus
doce puertas, tres a cada lado, todo el conjunto dispuesto en cuadro.”
Parley P.
Pratt, Una Voz de Amonestación, p. 127.
Que un bibliógrafo formado en el rigor
académico —y ajeno por completo a cualquier interés religioso en la Iglesia
SUD— identificara esta analogía en plena década de 1870 confirma algo notable:
para entonces, la doctrina milenarista de los mormones ya circulaba con
suficiente claridad en los círculos letrados de Chile como para que un
historiador la reconociera, sin necesidad de misioneros ni de congregación
alguna en el país, en un texto colonial escrito un siglo antes por un jesuita
chileno.
1880–1882, Pedro del Río Zañartu: el primer chileno en la ciudad del Lago
Salado
Casi treinta años después del fugaz paso de
Pratt por Valparaíso, un penquista ilustre se convertiría en el primer chileno
documentado en visitar Salt Lake City. Don Pedro del Río Zañartu (1840–1918),
heredero del fundo Hualpén y filántropo de Concepción, emprendió entre 1880 y
1882 un largo viaje por los cinco continentes buscando consuelo tras la muerte
casi simultánea de su esposa y sus dos hijos, víctimas de la difteria.
Tras recorrer Sudamérica, Brasil, Nueva York
y las principales ciudades del este y centro de Estados Unidos, del Río cruzó
las Montañas Rocosas en tren rumbo a California. En el camino, decidió
detenerse en la capital del entonces Territorio de Utah, sede del “Estado
Mormón”, que —según sus propias palabras— tenía gran interés en conocer.
“Después de una noche
bien fría arribamos a las 9 de la mañana a Ogden, hallándome algunas horas más
tarde en la sagrada ciudad de los mormones: Salt Lake City, o ciudad del Lago
Salado.”
Pedro del
Río Zañartu, Viaje en torno al mundo por un chileno, tomo 1.
Su relato, escrito con la mirada curiosa y
algo condescendiente de un caballero decimonónico, describe con notable detalle
la ciudad, su arquitectura y su vida religiosa:
“La ciudad del Lago
Salado, capital del territorio de Utah, se encuentra admirablemente situada en
medio de un grande y feracísimo valle... Las calles son hermosísimas, de
cuarenta y cinco metros de ancho... cada manzana tiene cerca de dos cuadras, de
manera que los sitios son dobles, con jardines, arboledas y hortalizas, por lo
que en conjunto más parecen casas-quintas.”
Pedro del
Río Zañartu, Viaje en torno al mundo por un chileno, tomo 1.
Del Río asistió a una reunión sacramental en
el Tabernáculo, dejando una de las descripciones más vívidas —y más tempranas
en la literatura de viajes chilena— de una ceremonia mormona vista desde fuera:
“Lo que más me
sorprendió fue no hallar en la mayor parte de los semblantes el aire o
expresión de hipocresía que esperaba, sino de convicción y fe... La atención,
orden y silencio que reinó fue admirable.”
Pedro del
Río Zañartu, Viaje en torno al mundo por un chileno, tomo 1.
El viajero conversó extensamente con el
entonces presidente de la Iglesia, John Taylor —a quien describió como “un
caballero amable, bastante anciano, de pelo y barba blanca”—, visitó la
redacción del Women’s Exponent, el periódico editado por mujeres mormonas, y
recogió el testimonio de una de las esposas de un dirigente de la Iglesia sobre
la práctica de la poligamia, entonces todavía vigente:
“Confieso que es un
sacrificio inmenso para nosotras, pero lo hacemos con buena voluntad para
cumplir con lo ordenado por Dios o nuestro profeta Smith.”
Testimonio
recogido por Pedro del Río Zañartu en el Women's Exponent.
Del Río cerró su paso por Salt Lake City con
una síntesis, sorprendentemente informada para un visitante ocasional, de los
Artículos de Fe y de la organización eclesiástica de los Santos, antes de
continuar viaje hacia Reno, Sacramento y California, la misma tierra que —como
advertiría él mismo— había sido años atrás el destino de tantos compatriotas
suyos durante la fiebre del oro.
Conclusión
Un hilo Trasandino
Entre las notas escuetas de El Mercurio de
Valparaíso sobre la persecución en Missouri (1838-1846), el abastecimiento del
Brooklyn en Juan Fernández, la defensa de los chilenos de Chilecito por Samuel
Brannan, la breve y frustrada misión de Parley P. Pratt en Valparaíso
(1851-1852), la erudita comparación de José Toribio Medina entre Manuel Lacunza
y la doctrina mormona (1878) y la curiosidad ilustrada de Pedro del Río Zañartu
en Salt Lake City (1880), se dibuja un hilo continuo y hasta ahora poco advertido:
mucho antes de que la Iglesia estableciera una presencia misional estable en
Chile en el siglo XX, la prensa, los escritores y los viajeros chilenos ya
habían mirado hacia el pueblo del Lago Salado —a veces con recelo, a veces con
simpatía, y en más de una ocasión con verdadero afecto—.
Un nombre atraviesa este relato de principio
a fin: el de Benjamín Vicuña Mackenna, quien registró en su diario de viaje la
llegada de los pioneros al Valle del Lago Salado en 1847, describió Juan
Fernández como “punto de apoyo indispensable para todas las empresas de
aventura en el Pacífico”, acuñó para los Galgos el nombre de “filibusteros de
tierra”, y dejó su propia versión —con nombre trastocado y todo— de la defensa
de Chilecito. Pocos escritores chilenos del siglo XIX tocaron tantas veces,
desde tantos ángulos distintos, la historia de los Santos de los Últimos Días.
Las palabras con que Arturo Aldunate Phillips
describió, en 1943, el momento en que Brigham Young contempló por primera vez
el valle —“this is the place”— no son, entonces, el punto de partida de esta
historia, sino su eco tardío: la culminación literaria de un siglo de noticias,
encuentros y testimonios que unieron, de maneras inesperadas, el destino de los
pioneros mormones con el de Chile.
Bibliografía
ALDUNATE PHILLIPS, Arturo. Estados Unidos, Gran Aventura
del Hombre. Santiago: Editorial Nacimento, 1943, pp. 157–158.
EL MERCURIO DE VALPARAÍSO. Ediciones del 7 y 23 de
agosto, y 6, 14 y 20 de septiembre de 1838; 7 de julio de 1840; 6 de febrero y
11 de marzo de 1846; y 16 de octubre de 1960 (“Oro en California”, crónica
retrospectiva).
ENCINA, Francisco Antonio. Historia de Chile.
MEDINA, José Toribio. Historia de la Literatura Colonial
de Chile. Tomo II, Cap. XIII. Santiago, 1878. (Ensayos, p. 137).
PÉREZ ROSALES, Vicente. Recuerdos del Pasado. Santiago:
Editorial Andrés Bello, marzo de 1983, Tomo II, p. 64.
PRATT, Parley P. Autobiography of Parley P. Pratt. pp.
396–397.
PRATT, Parley P. Una Voz de Amonestación (A Voice of
Warning), 1837, p. 127.
RÍO ZAÑARTU, Pedro del. Crónica de viaje (1880–1882),
manuscrito/edición familiar.
ROBERTS, B. H. A Comprehensive History of the Church.
Salt Lake City: Deseret News Press, 1930, p. 70.
VICUÑA MACKENNA, Benjamín. Terra Ignota (“Simples notas a
vuelo de pájaro”, a partir de las cartas de viaje de José Sergio Ossa).
Biblioteca Nacional de Chile, signatura 11(728-17), p. 127.