lunes, 24 de agosto de 2026

PERDIDOS EN LOS ANDES

 

PERDIDOS EN LOS ANDES

Por Rodolfo del Carmen. Acevedo

“Lo que comenzó siendo una actividad juvenil se convirtió en una experiencia espiritual que siempre recordaremos.”

Rodolfo del C. Acevedo y su esposa Margarita, obreros pioneros del Templo de Santiago.

 

Una jornada en la cordillera

Los alumnos de Seminario subieron al ómnibus entusiasmados. Durante todo el viaje, desde Santiago de Chile hasta la cordillera de los Andes, los escuché con deleite cantar un himno tras otro, participando del espíritu del evangelio con los hermanos y hermanas que acababan de conocer. Eran alrededor de cincuenta jóvenes chilenos, provenientes de todas partes del país. El gozo que reflejaban sus rostros juveniles me hacía recordar a los niños pequeños cuando juegan con juguetes navideños.

Corría el año 1973, y yo enseñaba en el programa pionero de Seminarios en Chile, que se llevaba a cabo temprano por la mañana. Junto con mi esposa y varios de los otros líderes adultos, hicimos planes para ir a pasar el día a los hermosos Baños Morales, que se encuentran en el Cajón del Maipo, en la cordillera de los Andes.

Cuando arribamos a destino, el grupo ardía de entusiasmo por ver y tocar la nieve por primera vez. Como era de esperar, los muchachos comenzaron a correr, a jugar, a tirarse bolas de nieve y a deslizarse por las laderas. Aun cuando el tipo de zapatos que calzábamos no era el adecuado para caminar en la nieve, igualmente disfrutamos de nuestro juego.

Un guía de la cordillera, miembro del Club Andino, vio nuestro grupo y se acercó a nosotros. Después de advertirnos acerca de las corrientes de agua que estaban cubiertas de nieve y de otros peligros que encierran las montañas, nos guió, en fila india, hasta un refugio en la cima de la montaña, donde podríamos acampar y comer.

Sus advertencias apaciguaron nuestra algarabía, pero no fue sino hasta que comenzamos el regreso a casa, esa tarde, que nos enfrentamos con peligros que requirieron que prestáramos atención a otro guía: al Espíritu Santo.

Comienza la tormenta

Al caer la tarde, y después de un día pleno de actividades, todos estábamos muy cansados. Subimos al ómnibus que nos llevaría de regreso y, cuando el conductor puso el vehículo en marcha, una de las ruedas patinó, enterrándose en la nieve. Todos nos bajamos para alivianar el peso, y alguien sugirió que los varones emprendiéramos la marcha a pie y que las mujeres se quedaran mientras el conductor resolvía el problema. Veinte de los hermanos comenzamos a descender, confiados en que pronto el ómnibus nos alcanzaría.

De pronto comenzó a nevar y, a medida que avanzábamos, la nieve caía cada vez más espesa.

Sin que nos diéramos cuenta, cayó la noche, cubriendo el cielo y la tierra nevada con un manto negro de oscuridad.

 

Imágenes publicadas en la revista Liahona (diciembre de 1988).

Cuando habíamos andado cerca de una hora, el miedo hizo presa de nosotros y nos detuvimos. Uno de los hermanos del grupo, Federico Zapata, que pertenecía a los Boy Scouts, hizo que formáramos un círculo y que cantáramos canciones alegres, haciendo movimientos con el cuerpo con el fin de hacernos entrar en calor y entretenernos mientras esperábamos. Pero, después de un tiempo de tratar en vano de vislumbrar las luces del ómnibus, comenzamos a darnos cuenta de la gravedad de nuestra situación.

Al fin, luego de una larga espera, lo vimos aparecer. Cuando llegó junto a nosotros, advertimos que no traía a los pasajeros. El conductor nos dijo que el vehículo tenía una pieza rota y que tenía que llevarlo a reparar antes de poder cargarlo. Nos explicó que había dejado a las hermanas en el refugio y que debíamos volver allí a esperar hasta la mañana siguiente, cuando él vendría a buscarnos.

Fotografía de la cordillera. Foto de élder Bob Cowan.

Perdidos en la nieve

Después de decirnos eso, se alejó, dejándonos para que recorriéramos nuevamente el largo camino hasta el refugio. La nieve rápidamente cubrió las huellas del ómnibus y nos era imposible distinguir el camino. Teníamos la ropa empapada y nuestros pies se hundían en la blanda nieve con cada paso que dábamos. Algunos cantaban; otros caminaban en silencio, pero yo estaba seguro de que cada uno de nosotros iba ofreciendo una oración en su corazón.

Llegamos a un punto en el camino en el cual tuvimos que decidir si seguir adelante o doblar a la derecha. Varios dieron su opinión, pero ninguna de ellas estaba basada en el conocimiento. Entonces nos encomendamos en las manos de nuestro Padre Celestial, que había guiado a Lehi sin peligro a través del desierto. Nosotros no teníamos una Liahona para que nos guiara; no teníamos ningún líder que nos mostrara el camino, pero teníamos, sí, el don del Espíritu Santo.

Doblamos a la derecha y continuamos nuestra marcha, internándonos aún más en las montañas cubiertas de nieve. De pronto alguien gritó:

—¡Allí están! ¿Ven la luz?

El entusiasmo y la esperanza renacieron y, al unísono, comenzamos a cantar el “Himno de Batalla de la República”.

Luego de un momento, uno del grupo dijo:

—¡Cállense! ¡Por favor, escuchen!

Entonces, en el silencio de la noche, pudimos escuchar, a la distancia, las voces de los hermanos y hermanas que nos aguardaban en el refugio, uniéndose a nosotros cantando: “¡Gloria, gloria, aleluya! Avanza su verdad”.

La emoción se apoderó de nosotros y así, entre cantos, lágrimas y sonrisas, nos apresuramos para reunirnos con el resto del grupo, no sin antes agradecer a nuestro Padre Celestial por Su guía y Su protección.

Un domingo entre las montañas

A la mañana siguiente, domingo, despertamos en un mundo maravilloso cubierto de nieve. Tal como lo habíamos planeado la noche anterior, llevamos a efecto la Escuela Dominical y la reunión sacramental. Una pareja de edad, un hombre joven que también había sido atrapado por la tormenta y el administrador del refugio se unieron a nosotros. Se ofrecieron sinceros mensajes, oraciones e himnos de alabanza. Al finalizar las reuniones, las personas que no eran miembros de la Iglesia y que nos habían acompañado en los servicios de adoración nos agradecieron el haber podido participar y la oportunidad de haber conocido a jóvenes tan excepcionales.

Al caer la tarde, el ómnibus nos recogió para llevarnos de vuelta a Santiago. Lo que comenzó siendo una despreocupada aventura terminó convirtiéndose en una experiencia espiritual que siempre recordaremos.

Nunca podremos olvidar que nuestro Padre Celestial nos salvó en aquella oscura montaña por medio de la guía del Espíritu Santo.

 

Fuente original: “Sección para los jóvenes”, revista Liahona, diciembre de 1988, pp. 43–44.

Autor: Rodolfo del Carmen. Acevedo.

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