PERDIDOS
EN LOS ANDES
Por
Rodolfo del Carmen. Acevedo
“Lo que comenzó siendo una actividad juvenil se
convirtió en una experiencia espiritual que siempre recordaremos.”
Rodolfo del C. Acevedo y su esposa Margarita, obreros
pioneros del Templo de Santiago.
Una jornada en la cordillera
Los alumnos de Seminario subieron al ómnibus
entusiasmados. Durante todo el viaje, desde Santiago de Chile hasta la
cordillera de los Andes, los escuché con deleite cantar un himno tras otro,
participando del espíritu del evangelio con los hermanos y hermanas que
acababan de conocer. Eran alrededor de cincuenta jóvenes chilenos, provenientes
de todas partes del país. El gozo que reflejaban sus rostros juveniles me hacía
recordar a los niños pequeños cuando juegan con juguetes navideños.
Corría el año 1973,
y yo enseñaba en el programa pionero de Seminarios en Chile, que se llevaba a
cabo temprano por la mañana. Junto con mi esposa y varios de los otros líderes
adultos, hicimos planes para ir a pasar el día a los hermosos Baños Morales, que
se encuentran en el Cajón del Maipo, en la cordillera de los Andes.
Cuando arribamos a
destino, el grupo ardía de entusiasmo por ver y tocar la nieve por primera vez.
Como era de esperar, los muchachos comenzaron a correr, a jugar, a tirarse
bolas de nieve y a deslizarse por las laderas. Aun cuando el tipo de zapatos
que calzábamos no era el adecuado para caminar en la nieve, igualmente
disfrutamos de nuestro juego.
Un guía de la
cordillera, miembro del Club Andino, vio nuestro grupo y se acercó a nosotros.
Después de advertirnos acerca de las corrientes de agua que estaban cubiertas
de nieve y de otros peligros que encierran las montañas, nos guió, en fila
india, hasta un refugio en la cima de la montaña, donde podríamos acampar y
comer.
Sus advertencias
apaciguaron nuestra algarabía, pero no fue sino hasta que comenzamos el regreso
a casa, esa tarde, que nos enfrentamos con peligros que requirieron que
prestáramos atención a otro guía: al Espíritu Santo.
Comienza la tormenta
Al caer la tarde, y después de un día pleno de
actividades, todos estábamos muy cansados. Subimos al ómnibus que nos llevaría
de regreso y, cuando el conductor puso el vehículo en marcha, una de las ruedas
patinó, enterrándose en la nieve. Todos nos bajamos para alivianar el peso, y
alguien sugirió que los varones emprendiéramos la marcha a pie y que las
mujeres se quedaran mientras el conductor resolvía el problema. Veinte de los
hermanos comenzamos a descender, confiados en que pronto el ómnibus nos alcanzaría.
De pronto comenzó a
nevar y, a medida que avanzábamos, la nieve caía cada vez más espesa.
Sin que nos
diéramos cuenta, cayó la noche, cubriendo el cielo y la tierra nevada con un
manto negro de oscuridad.
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Imágenes publicadas en la revista Liahona (diciembre
de 1988).
Cuando habíamos andado cerca de una hora, el
miedo hizo presa de nosotros y nos detuvimos. Uno de los hermanos del grupo,
Federico Zapata, que pertenecía a los Boy Scouts, hizo que formáramos un
círculo y que cantáramos canciones alegres, haciendo movimientos con el cuerpo
con el fin de hacernos entrar en calor y entretenernos mientras esperábamos.
Pero, después de un tiempo de tratar en vano de vislumbrar las luces del
ómnibus, comenzamos a darnos cuenta de la gravedad de nuestra situación.
Al fin, luego de
una larga espera, lo vimos aparecer. Cuando llegó junto a nosotros, advertimos
que no traía a los pasajeros. El conductor nos dijo que el vehículo tenía una
pieza rota y que tenía que llevarlo a reparar antes de poder cargarlo. Nos
explicó que había dejado a las hermanas en el refugio y que debíamos volver
allí a esperar hasta la mañana siguiente, cuando él vendría a buscarnos.
Fotografía de la cordillera. Foto de élder Bob Cowan.
Perdidos en la nieve
Después de decirnos eso, se alejó, dejándonos
para que recorriéramos nuevamente el largo camino hasta el refugio. La nieve
rápidamente cubrió las huellas del ómnibus y nos era imposible distinguir el
camino. Teníamos la ropa empapada y nuestros pies se hundían en la blanda nieve
con cada paso que dábamos. Algunos cantaban; otros caminaban en silencio, pero
yo estaba seguro de que cada uno de nosotros iba ofreciendo una oración en su
corazón.
Llegamos a un punto
en el camino en el cual tuvimos que decidir si seguir adelante o doblar a la
derecha. Varios dieron su opinión, pero ninguna de ellas estaba basada en el
conocimiento. Entonces nos encomendamos en las manos de nuestro Padre
Celestial, que había guiado a Lehi sin peligro a través del desierto. Nosotros
no teníamos una Liahona para que nos guiara; no teníamos ningún líder que nos
mostrara el camino, pero teníamos, sí, el don del Espíritu Santo.
Doblamos a la
derecha y continuamos nuestra marcha, internándonos aún más en las montañas
cubiertas de nieve. De pronto alguien gritó:
—¡Allí están! ¿Ven la luz?
El entusiasmo y la esperanza renacieron y, al
unísono, comenzamos a cantar el “Himno de Batalla de la República”.
Luego de un
momento, uno del grupo dijo:
—¡Cállense! ¡Por favor, escuchen!
Entonces, en el silencio de la noche, pudimos
escuchar, a la distancia, las voces de los hermanos y hermanas que nos
aguardaban en el refugio, uniéndose a nosotros cantando: “¡Gloria, gloria,
aleluya! Avanza su verdad”.
La emoción se
apoderó de nosotros y así, entre cantos, lágrimas y sonrisas, nos apresuramos
para reunirnos con el resto del grupo, no sin antes agradecer a nuestro Padre
Celestial por Su guía y Su protección.
Un domingo entre las montañas
A la mañana siguiente, domingo, despertamos en
un mundo maravilloso cubierto de nieve. Tal como lo habíamos planeado la noche
anterior, llevamos a efecto la Escuela Dominical y la reunión sacramental. Una
pareja de edad, un hombre joven que también había sido atrapado por la tormenta
y el administrador del refugio se unieron a nosotros. Se ofrecieron sinceros
mensajes, oraciones e himnos de alabanza. Al finalizar las reuniones, las
personas que no eran miembros de la Iglesia y que nos habían acompañado en los
servicios de adoración nos agradecieron el haber podido participar y la
oportunidad de haber conocido a jóvenes tan excepcionales.
Al caer la tarde,
el ómnibus nos recogió para llevarnos de vuelta a Santiago. Lo que comenzó
siendo una despreocupada aventura terminó convirtiéndose en una experiencia
espiritual que siempre recordaremos.
Nunca
podremos olvidar que nuestro Padre Celestial nos salvó en aquella oscura
montaña por medio de la guía del Espíritu Santo.
Fuente original: “Sección para los jóvenes”, revista Liahona, diciembre
de 1988, pp. 43–44.
Autor: Rodolfo del Carmen.
Acevedo.
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